La vida es real sólo cuando Yo Soy; Gurdjieff.

EN BUSCA DE LO MILAGROSO: Una Escuela

En  busca de lo milagroso: una Escuela.

De los viajes de P. Ouspensky

Regresé a Rusia en noviembre de 1914, al comienzo de la primera guerra mundial, después de un viaje, relativamente largo, a través de Egipto, Ceilán e India. La guerra estalló cuando me encontraba en Colombo, de donde me embarqué para regresar a través de Inglaterra.

Al salir de San Petersburgo, yo había dicho que partía en busca de lo milagroso. Lo “milagroso” es muy difícil de definir. Pero para mí, esta palabra tenía un significado muy definido. Mucho tiempo atrás había llegado a la conclusión de que para escapar del laberinto de contradicciones en que vivimos, era necesario encontrar un camino enteramente nuevo, diferente de todo lo que habíamos conocido o seguido hasta ahora. Pero dónde comenzaba este camino nuevo o perdido, yo era incapaz de decirlo. Entonces ya había reconocido como un hecho innegable que detrás de la fina película de falsa realidad, existía otra realidad de la cual, por alguna razón, algo nos separaba. Lo “milagroso” era la penetración en esta realidad desconocida. Me parecía que el camino hacia lo desconocido podría ser encontrado en Oriente. ¿Por qué en Oriente? Era difícil decirlo. En esta idea había quizás algo de romántico, pero en todo caso había también la convicción de que nada podía ser encontrado aquí, en Europa. Resumiendo el conjunto de mis impresiones del Oriente y particularmente de la India, tenía que admitir que al regreso mi problema parecía todavía más difícil y más complicado que al partir. La India y el Oriente no sólo no habían perdido nada de su milagroso atractivo sino que, por el contrario, este atractivo se había enriquecido con nuevos matices que anteriormente yo no había podido sospechar.Había visto claramente que algo podía ser encontrado en el Oriente, que por mucho  tiempo había dejado de existir en Europa, y consideraba que la dirección que yo había tomado era buena. Pero al mismo tiempo me había convencido de que el secreto estaba mejor y más profundamente escondido de lo que hubiera podido prever. A mi partida, ya sabía que iba en busca de una o de varias escuelas. Había llegado a esta conclusión hacía ya tiempo, habiéndome dado cuenta que los esfuerzos personales independientes no podían ser suficientes, y que era indispensable entrar en contacto con el pensamiento real y viviente que debe existir en alguna parte, pero con el cual habíamos perdido toda conexión.

Yo comprendía esto, pero la idea misma que tenía de las escuelas se modificaría mucho durante mis viajes; en un sentido se volvió más simple y más concreta, en otro sentido más fría y más distante. Quiero decir que las escuelas perdieron su carácter de cuentos de hadas. En el momento de mi partida, todavía admitía muchas cosas fantásticas acerca de las escuelas. Admitir es quizás una palabra demasiado fuerte. Para decirlo mejor, soñaba con la posibilidad de un contacto no físico con las escuelas, de un contacto, en alguna forma, “en otro plano”. No podía explicarlo claramente, pero me parecía que el primer contacto con una escuela debía tener ya un carácter milagroso. Por ejemplo, imaginaba la posibilidad de entrar en contacto con escuelas que habían existido en un lejano pasado, como la escuela de Pitágoras, o las escuelas de Egipto, o la escuela de los monjes que construyeron Notre-Dame, y así sucesivamente. Me parecía que las barreras del espacio y del tiempo desaparecerían ni producirse tal contacto. La idea de las escuelas era en sí misma fantástica, y nada de lo que les concernía me parecía demasiado fantástico. Asimismo no veía ninguna contradicción entre mis ideas y mis esfuerzos para encontrar en la India escuelas reales. Pues me parecía que era precisamente en la India donde me sería posible establecer una especie de contacto, que podría luego volverse permanente e independiente de toda interferencia exterior. Durante mi viaje de regreso, lleno de encuentros y de impresiones de toda clase, la idea de laescuelas se volvió para mí mucho más real, casi tangible. Había perdido su carácter fantástico. Y esto sin duda porque como me di cuenta entonces, una “escuela” no requiere solamente una búsqueda sino una “selección” o un escoger — quiero decir: de nuestra parte. No podía dudar que hubiera escuelas. Me convencí al mismo tiempo de que las escuelas sobre las que había oído hablar, y con las cuales hubiese podido entrar en contacto, no eran para mí.

Eran escuelas de naturaleza francamente religiosa o semi-religiosa y de tono netamente devocional. No me atraían, sobre todo porque si hubiese buscado un camino religioso habría podido encontrarlo en Rusia. Otras escuelas más moralizadoras eran de tipo filosófico, ligeramente sentimental, con un matiz de ascetismo, como las escuelas de los discípulos o seguidores de Ramakrishna; entre estos últimos había personas agradables, pero tuve la impresión de que les faltaba un conocimiento real. Otras escuelas, ordinariamente descritas como “escuelas de yoga”, y que están basadas en la creación de estados de trance, participaban, a mis ojos, un tanto demasiado del género espiritista. Yo no podía tenerles confianza; conducían inevitablemente a mentirse a uno mismo o bien a lo que los místicos ortodoxos, en la literatura monástica rusa, llaman “seducción”.

Había otro tipo de escuelas, con las cuales no pude tomar contacto y de las que sólo oí hablar. Estas escuelas prometían mucho, pero igualmente exigían mucho. Exigían todo de una sola vez. Hubiera sido necesario quedarse en la India y abandonar para siempre toda idea de regreso a Europa. Habría tenido que renunciar a todas mis ideas, a todos mis proyectos, a todos mis planes y comprometerme a un camino del cual no podía saber nada de antemano. Estas escuelas me interesaban mucho, y las personas que habían estado en relación con ellas y que me habían hablado de ellas, se destacaban nítidamente sobre el común de las personas. Sin embargo me parecía que debería haber escuelas de un tipo más racional, y que hasta cierto punto, un hombre tenía derecho de saber hacia dónde iba. Paralelamente, llegué a la conclusión de que una escuela —no importa como se llame: escuela de ocultismo, de esoterismo o de yoga— debe existir sobre el plano terrestre ordinario como cualquier otro tipo de escuela: escuela de pintura, de danza o de mediana. Me di cuenta de que la idea de escuelas “en otro plano” era simplemente un signo de debilidad: esto significaba que los sueños habían reemplazado la búsqueda real. Así comprendí que los sueños son uno de los obstáculos más grandes en nuestro camino eventual hacia lo milagroso. En camino hacia la India, hacía planes para próximos viajes. Esta vez deseaba comenzar por el Oriente musulmán. Sobre todo estaba atraído por el Asia Central rusa y Persia. Pero nada de todo esto estaba destinado a realizarse.

De Londres, a través de Noruega, Suecia y Finlandia, llegué a San Petersburgo, que había sido ya rebautizada “Petrogrado”, y donde el patriotismo y la especulación estaban en todo su apogeo. Poco después, partí para Moscú retomando mi trabajo en el periódico del cual había sido corresponsal en la India. Llevaba ahí ya cerca de seis semanas, cuando ocurrió un pequeño episodio que iba a ser el punto de partida de numerosos acontecimientos.

Un día que me encontraba en la redacción del periódico, preparando la próxima edición, descubrí, creo que en La Voz de Moscú, un aviso con referencia a la puesta en escena de un ballet titulado “La Lucha de los Magos”, que se decía era la obra de un “Hindú”. La acción del ballet debía tener lugar en la India, y ofrecer un cuadro completo de la magia del Oriente con milagros de faquires, danzas sagradas, etcétera. No me gustó el tono parlanchín del párrafo, pero como los autores de ballets hindúes eran más bien raros en Moscú, recorté el aviso, insertándolo en mi artículo y añadiendo brevemente que en el ballet se encontraría seguramente todo aquello que los turistas van a buscar y que es imposible de hallar en la India verdadera.

Poco después, por varias razones, dejé el periódico y fui a San Petersburgo. Allí, en febrero y marzo de 1915, ofrecí conferencias públicas sobre mis viajes por la India. Los títulos de éstas eran: “En Busca de lo Milagroso” y “El Problema de la Muerte”. En estas conferencias, que debían servir de introducción a un libro sobre mis viajes, que tenía intención de escribir, dije que en la India lo “milagroso” no se buscaba donde debía buscarse, que todos los caminos habituales eran inútiles y que la India guardaba sus secretos mucho mejor de lo que se suponía: sin embargo, de hecho lo “milagroso” sí existía y estaba indicado por muchas cosas que la gente pasaba de largo sin captar su contenido verdadero y su significado oculto, y sin saber cómo acercarse a ellas. Nuevamente tenia en la mente “las escuelas”. A pesar de la guerra, mis conferencias despertaron considerable interés. Cada una de ellas atrajo más de mil personas al Hall Alexandrowski del Domo municipal de San Petersburgo. Recibí muchas cartas; la gente vino a verme; y sentí que sobre la base de una “búsqueda de lo milagroso” sería posible reunir a un número grande de personas que ya no podían tragar las formas usuales de mentira y de la vida en medio de la mentira.

Después de Pascua, salí de nuevo hacia Moscú para ofrecer las mismas conferencias. Entre las personas que encontré con motivo de estas conferencias había dos, un músico y un escultor, que muy pronto comenzaron a hablarme de un grupo de Moscú, dedicado a varias investigaciones y experimentos “ocultos” bajo la dilección de un cierto G., un griego del Cáucaso; era precisamente, como yo lo comprendí, el “Hindú”, autor del argumento del ballet mencionado en el periódico que había llegado a mis manos tres o cuatro meses atrás. Debo confesar que lo que estas dos personas me contaron acerca de este grupo y de lo que en él ocurría — toda clase de prodigios de autosugestión — me interesó muy poco. Es una mezcla de superstición, autosugestión y debilidad intelectual; pero estas historias, según lo que he podido observar, nunca aparecen sin cierta colaboración de parte de los hombres a los cuales están referidas.

Prevenido así por mis experiencias anteriores, fue sólo ante los persistentes esfuerzos de M., uno de mis nuevos conocidos, que acepté conocer a G. y tener una conversación con él. Mi primera entrevista modificó enteramente la idea que tenia de él y de lo que me podía aportar. Lo recuerdo muy bien. Habíamos llegado a un pequeño caté alejado del centro de la ciudad en una calle bulliciosa. Vi a un hombre que ya no era joven, de tipo oriental, con bigotes negros y ojos penetrantes. En primer término me asombró porque parecía estar completamente fuerade sitio en tal lugar y dentro de tal atmósfera. Estaba todavía lleno de mis impresiones delOriente, y hubiera podido ver a este hombre con cara de raja hindú o de  jeque árabe, bajo una túnica blanca o un turbante dorado, pero sentado en este pequeño café de tenderos y de comisionistas, con su abrigo negro de cuello de terciopelo y su bombín negro, producía la impresión inesperada, extraña y casi alarmante, de un hombre mal disfrazado. Era un espectáculo embarazoso, como cuando se encuentra uno delante de un hombre que no es lo que pretende ser, y con el cual sin embargo se debe hablar y conducirse como si no se diera cuenta de ello. G. hablaba un ruso incorrecto con fuerte acento caucasiano, y este acento, que estamos habituados a asociar con cualquier cosa menos con ideas filosóficas, reforzaba aún más la extrañeza y el carácter sorprendente de esta impresión.

No me acuerdo del comienzo de nuestra conversación; creo que hablamos de la India, del esoterismo y de las escuelas de yoga. Entendí que G. había viajado mucho, que había estadoen muchos lugares de los cuales yo sólo había oído hablar y que había deseado vivamente conocer. No solamente no le molestaban mis preguntas, sino que me parecía que ponía en cada una de sus respuestas mucho más de lo que yo había preguntado. Me gustó su manera de hablar, que era a la vez prudente y precisa. M. nos dejó. G. me contó lo que hacía en Moscú.

Yo no le comprendía bien. De lo que hablaba se traslucía que en su trabajo, que era sobre todo de un carácter psicológico, la química desempeñaba un gran papel. Como le escuchaba por primera vez, naturalmente tomé sus palabras al pie de la letra.

2 comentarios

  1. Perdón, me encantó el texto, solo que donde dice “Retrogrado” me parece que va “Petrogrado”. Gracias.

    21 agosto, 2012 en 17:22

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