La vida es real sólo cuando Yo Soy; Gurdjieff.

APARATOS

Tratemos de vernos a nosotros mismos en este texto:

“Del funcionario” 
Es un lugar común [decir] que la mente humana no consigue acompañar al
progreso. Abundan ejemplos de esta afirmación. Los ingenios nucleares
transfirieron las guerras del campo de la política internacional al campo del
Apocalipsis, y la política internacional es incapaz de asimilar ese hecho. El
desarrollo de la capacidad productiva de la industria y de la agricultura es tal que
un único país (por ejemplo los Estados Unidos) podría abastecer en un futuro
próximo a toda la humanidad, y los economistas siguen presos de la mentalidad
de la escasez de productos. Los medios de comunicación están eliminando
distancias, y todo un continente (África) está siendo fragmentado
anacrónicamente en estados “soberanos”. Ya existen métodos mecánicos y
químicos que pueden provocar cualquier estado psíquico, inclusive la “felicidad”
(por ejemplo, la propaganda subliminal y la mezcalina), y casi nadie se está
dando cuenta de ese hecho terrible. La física nuclear abrió fuentes inagotables de
energía y trasformó el trabajo físico en mercancía tan barata como el aire, y la
sociología aún no vislumbra el fin del homo faber. La cibernética
están produciendo computadoras que disponen de una memoria y de una
capacidad de planeamiento infinitamente superior a la humana, y la pedagogía
ignora ese hecho. El automatismo sustituye a la automatización y elimina el
factor humano tanto del sector productivo como del administrativo, y las virtudes
“laboriosas” humanas, como “aplicación” e “iniciativa” continúan valorándose en
forma positiva.0images (2)

En síntesis: la mente humana es incapaz de comprender (y mucho
menos de aprovechar) el progreso que ella misma desencadenó tan livianamente.
Lo que falta, en efecto, es una visión abarcadora de la escena actual, a
partir de la cual pueda ser hecho un análisis más minucioso de nuestra situación.
El presente artículo dará un ejemplo, fundamental desde mi punto de vista, de la
insuficiencia de los análisis hasta ahora ensayados. Para el existencialismo la
situación humana tiene la siguiente forma: el hombre está lanzado en medio de
su circunstancia; esa circunstancia forma su horizonte y consiste de objetos y de
otros hombres. Defenderé la tesis de que esa forma de la situación no se aplica a
un nuevo tipo de situación que se está volviendo cada vez más frecuente. En ese
nuevo tipo el centro está ocupado por el aparato, y el horizonte está constituido
de funcionarios que funcionan en función del aparato. Me resisto a designar al
funcionario con el término “hombre”, ya que se trata de un nuevo tipo de ser que
está surgiendo.
Describiré la situación para tratar después de interpretarla. En el centro
tenemos un aparato, por ejemplo, una computadora, o una máquina automática

de tipo material (un torno, producción en cadena) o ideal (una repartición de un aparato administrativo).

El aparato funciona. No pretendo detenerme en el concepto de función, ya que esto

significaría un desvío tal vez poco agradable por el terreno de la matemática. Diré
sólo que funcionar es un proceso en el cual varían los valores de las entidades
empleadas en el funcionamiento. Intentaré elucidar el significado de esa frase un
poco difícil más adelante. El funcionamiento del aparato es un movimiento de las
partes del aparato. En el caso de la computadora, por ejemplo, es un movimiento
de partículas eléctricas, de cintas magnéticas, de tarjetas perforadas y de
entidades que llamé “funcionarios” en el título de este artículo. En el caso del
torno se mueven los engranajes, las palancas y los funcionarios. En el caso del
aparato administrativo se mueven papeles, equipamientos y funcionarios en el
proceso de funcionamiento. Ese movimiento del aparato es circular, si es visto
desde adentro, y lineal, si es visto desde afuera. Visto desde la tarjeta perforada, o
desde la rueda del engranaje, o desde el papel oficio, o desde el funcionario, el
aparato es un sistema cerrado que gira sobre sí mismo. Visto desde afuera, el
aparato se presenta como un vórtice dentro del cual se precipitan estadísticas, o
barras de hierro, o dinero, y del cual salen a borbotones informaciones, o
tornillos, o proyectos para las autopistas. Visto desde afuera, entonces, el aparato
no deja de ser una función de un súper-aparato.
Pero es justamente esa visión desde afuera lo que el funcionario nunca
podrá alcanzar, esto es, si fuera un funcionario perfecto. Está enteramente
englobado por la situación, y no puede superarla. Se mueve y actúa en función del
aparato. Superar una situación es una característica del hombre. Es en este
sentido que decimos que el hombre “existe”, esto es, “ek-siste” (supera). El
funcionario no existe en ese sentido del término. Es por eso que me resistí a
llamarlo hombre. Para el funcionario perfecto el aparato tiene plena autonomía.
Es un sistema cerrado sobre sí mismo. No se puede hablar de la “finalidad del
aparato” desde el punto de vista del funcionario, porque la finalidad del aparato
está más allá de la situación, por tanto, en lo trascendente. Para el funcionario la
pregunta por la finalidad del aparato en función del cual él funciona es una
pregunta metafísica en el sentido peyorativo del término. Carece de significado.
En consecuencia, los movimientos de los funcionarios (aquello que
podemos llamar “vida de funcionario”) están caracterizados por la circularidad.
La vida del funcionario gira en círculos alrededor del aparato. Es el eterno
retorno de lo siempre igual, pero que no es totalmente eterno porque el
funcionario presentará, después de algunos miles de ciclos, fallas en su
funcionamiento. Es el cansancio del material que hace que el funcionario sea
“alojado”, esto es, relegado, en una situación sin centro. En esa situación, el
funcionario da todavía algunas vueltas “en punto muerto”, para después dejar de
funcionar definitivamente.
Los círculos que el funcionario describe alrededor del aparato varían en
cuanto a la frecuencia de la rotación y en cuanto al radio que los separa del
centro. Un funcionario bien integrado en el aparato gira con frecuencia y
proximidad crecientes en torno del aparato. El funcionara “avanza” y “progresa”.
Su progreso varía en función del aparato y, en la medida en que avanza, aumenta
su valor en el conjunto del funcionamiento. Este es el significado de la frase un
poco difícil que prometí elucidar cuando hablé de función como concepto. La
frecuencia y el diámetro de los círculos alrededor del aparato son la medida de los
valores del funcionario: son su norma. Valores que no se adaptan a esa norma no
serán admitidos, ni percibidos. La meta del movimiento del funcionario (que
llamé un tanto eufemísticamente “vida”) es el círculo más estrecho. Funcionarios
que giran en círculos estrechos y a altas frecuencias, esto es, funcionarios que
frecuentan círculos en la proximidad inmediata del aparato, son funcionarios
plenamente realizados. Si el aparato fuera muy grande, y el número de
funcionarios muy elevado, pocos funcionarios estarán tan bien adaptados al
punto de poder realizarse enteramente. Esos pocos (por ejemplo, presidentes de
aparatos administrativos comerciales o políticos) serán confundidos por el resto
con el aparato mismo. Pero se trata de una ilusión óptica creada por al distancia,
ya que el funcionario jamás se confunde con el aparato. Por su definición
ontológica misma el funcionario ejerce una función, esto es: el funcionario es una
propiedad, un atributo del aparato. El funcionario no tiene propiedad, él es una
propiedad. Como la propiedad nunca se confunde con la sustancia, el funcionario
no se confunde con el aparato. El progreso del funcionario reside justamente en
eso: volverse progresivamente en una propiedad más valiosa.
El método del progreso del funcionario es su adaptación al aparato. Hay
varias formas de adaptación, pero mencionaré sólo una: la de la especialización
progresiva. En ella el funcionario se adapta a una parte específica del aparato.
Con esa adaptación el funcionario adquiere un papel específico en el conjunto de
procesos de funcionamiento, esto es, algo que se parece, de lejos, a una persona.
El especialista es un funcionario valioso, porque se asemeja a una persona, y se
destaca así del anonimato.
Surge, en la situación que describí, el problema de la libertad, esto es, el
problema de escoger entre alternativas. Es obvio que el funcionario no puede
escoger, ya que es propiedad del aparato. Pero está en actividad, “funciona”, y da
por lo tanto la impresión y la ilusión de tomar decisiones, especialmente porque
todavía estamos atrasados y confundimos funcionario con hombre. Y los “altos”
funcionarios, en especial, crean en nosotros la ilusión de que se mueven con
libertad. Pero sus movimientos sólo expresan la “voluntad” del aparato. Esa
“voluntad” del aparato es la realización automática del proyecto, de acuerdo con
el cual los aparatos fueron proyectados. No es “voluntad” en el sentido humano
del término. Es por eso que las decisiones del funcionario son, necesariamente,
inhumanas. El aparato y su propiedad, el funcionario, no pueden ser juzgados
con normas humanas, ya que se trata de un nuevo tipo de ser en actividad.
La situación que intenté esbozar es ideal. Todavía no fueron producidos
aparatos autónomos ni funcionarios perfectos. Los aparatos más autónomos de la
actualidad todavía exigen un factor humano para darles impulso y para
programarlos. Y los funcionarios más perfectos de la actualidad todavía
conservan vestigios de humanidad. Pero es obvio que los aparatos autónomos son
perfectamente realizables y que serán realizados por la propia fuerza del
progreso, el cual es, en última instancia, un aparato en búsqueda automática de
autonomía. Y es igualmente obvio que serán producidos funcionarios perfectos,
ya que los vestigios de humanidad que todavía conservan obstruyen su
funcionamiento. La situación que describí es ideal, pero será consumada en
breve. La transformación total de aquello que todavía es naturaleza y sociedad en
el aparato, y la transformación total de aquello que todavía es humanidad en el
funcionario, es una cuestión de tiempo.

 

Publicado originalmente en el Suplemento Literario de O Estado de São Paulo. Incluido en:
Vilém Flusser, [1967] Da Religiosidade. A literatura e o senso de realidade. São Paulo, Escrituras
Editora, 2002, pp. 83-89.

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