La vida es real sólo cuando Yo Soy; Gurdjieff.

AMOR

SENTIMIENTOS – GURDJIEFF

 

Biografía de George I. Gurdjieff   Jose Figueras Matute88No tenemos sentimiento objetivo ni subjetivo. El reino entero de nuestro sentimiento está lleno de algo ajeno y completamente mecánico. Hay tres clases de sentimiento: subjetivo, objetivo y automático.

Por ejemplo, no hay ningún sentimiento de moral, sea subjetivo u objetivo.

El sentimiento objetivo de la moral está conectado con ciertas leyes morales generales» ordenadas e inmutables, establecidas a través de los siglos, de acuerdo tanto química como físicamente con las circunstancias humanas y la naturaleza, establecidas objetivamente para todos y conectadas con la naturaleza (o, como se dice, con Dios).

El sentimiento subjetivo de moral surge cuando un hombre, basándose en su propia experiencia, sus propias cualidades personales, sus observaciones personales y un sentido de justicia enteramente propio, etc., forma una concepción personal de moral en base a la cual él vive.

Ambos sentimientos de moral, tanto el primero como el segundo, no sólo están ausentes en la gente, sino que la gente ni siquiera tiene idea de ellos. Lo que decimos acerca de la moral se refiere a todo.

Tenemos en nuestras mentes una idea más o menos teórica de la moral. Hemos oído y hemos leído. Pero no podemos aplicarla a la vida. Vivimos según nos lo permite nuestro mecanismo.

Teóricamente sabemos que deberíamos amar a N., pero de hecho puede sernos antipático; quizá no nos guste su nariz. Entiendo con mi mente que también emocionalmente debería tener una actitud correcta hacia él, pero soy incapaz de tenerla. Estando lejos de tal o cual, transcurrido un año, puedo decidir tener una buena actitud hacia él. Pero si se han establecido ciertas asociaciones mecánicas, cuando vuelva a verlo será exactamente igual que antes. En nosotros el sentimiento de moral es automático. Quizás he establecido para mí mismo como regla el pensar de esta manera, pero “ello” no vive de acuerdo con esto.

Si queremos trabajar sobre nosotros mismos, no debemos ser solamente subjetivos; debemos acostumbrarnos a comprender qué quiere decir “objetivo”. El sentimiento subjetivo no puede ser el mismo en todos, puesto que todo el mundo es diferente. Uno es inglés, otro es judío, a uno le gustan las perdices, etc. Somos todos diferentes, pero nuestras diferencias deberían estar unidas por leyes objetivas. En ciertas circunstancias pequeñas leyes subjetivas son suficientes. Pero en la vida comunal, la justicia sólo se puede lograr a través de lo objetivo.

Las leyes objetivas son muy limitadas. Si toda la gente tuviera este pequeño número de leyes en ellos, su vida interior y exterior sería mucho más feliz. No habría soledad ni tampoco estados de infelicidad.

Desde los tiempos más antiguos, a través de la experiencia de la vida y de un sabio gobernar, la vida misma desarrolló gradualmente quince mandamientos y los estableció para el bien de los individuos así como para el de todos los pueblos. Si estos quince mandamientos existieran realmente dentro de nosotros, seríamos capaces de comprender, de amar, de odiar.

Tendríamos palancas en donde apoyar un juicio correcto.

Todas las religiones, todas las enseñanzas, vienen de Dios y hablan en el nombre de Dios.

Esto no quiere decir que de hecho Dios las haya dado sino que están ligadas con un todo y con lo que llamamos Dios.

Por ejemplo: Dios dijo, “Ama a tus padres y Me amarás”. Y en verdad aquél que no ama a sus padres no puede amar a Dios.

Antes de continuar hagamos una pausa y preguntémonos: ¿Hemos amado a nuestros padres? ¿los hemos amado como ellos lo merecían, o fue simplemente un caso de “ello ama”? Y ¿cómo deberíamos haber amado?

Gurdjieff en Perspectvas desde un mundo rBiografía de George I. Gurdjieff   Jose Figueras Matute94eal

 


GURDJIEFF: LA PARADOJA DEL AMOR

Shams de Tabriz y Gurdjieff:

la paradoja del Amor.

El Método para el Desarrollo Armónico del Hombre padeció feroces críticas de algunas personas que vieron en él un proyecto carente de amor. Gurdjieff enseñaba que el hombre y la mujer en el estado actual de evolución interior en que habitualmente se encuentran eran incapaces de amar; todo lo más expresaban sentimientos que cambiaban en la medida que lo hacían los caprichos de sus respectivos egos. El deseo de amar, libre de todo prejuicio e interés personal, golpea vigorosamente la conciencia de quien está preparado para recibir la fuerza que lo haga posible. El hombre “máquina” sólo responde a las influencias del mundo exterior. Falto de una verdadera voluntad es movido por los vientos que azotan con furia desbocada su frágil personalidad. Gurdjieff veía como un mal mayor el sufrimiento que el amor mecánico despertaba en los hombres. La búsqueda del amor verdadero es, en definitiva, la búsqueda de nuestro ser. Y este deseo de perfección a través de “la experiencia del fuego” prendió con fervor en algunas almas sensibles que en el ocaso de sus vidas recibieron la llamada del Amor. Contamos con un claro ejemplo en la persona de la escritora neozelandesa, Katherine Mansfield, huésped en el Príeuré durante las semanas previas a su muerte a causa de una tuberculosis terminal.

Ella interpretó el do inicial de la escala que la situaría en la dirección del despertar al amor consciente. Escribe a su marido en estos términos:

“Digamos la verdad, la nueva. ¿Cuáles son nuestras relaciones actualmente? No las hay. Sentimos que existe una posible. Esta es la verdad más profunda, ¿no lo crees así? Todo se limita a esto. Pero no significa que nos alejamos. Es infinitamente más sutil”182.

George I. Gurdjieff
Esa posibilidad de experimentar una nueva manera de amar que Katherine asume en las relaciones humanas, conlleva una transformación persona que no es posible hacer realidad más que a través de un programa metódico y dirigido por alguien conocedor de las potencialidades de la naturaleza humana. Un sentimiento denaufragio ahogaba las expectativas de vida futura, ya bastante mermadas por la enfermedad. El Instituto fue elegido precisamente como “boya de dirección” y “salvavidas” a un mismo tiempo. A pesar de las graves limitaciones físicas el encuentro con los habitantes de aquel antiguo “Priorato” revitalizó las ganas de vivir y el anhelo de inmortalidad en la joven escritora183. La muerte de Katherine Mansfield en el Príeuré despertó la curiosidad de la prensa francesa y extranjera, como de personas atraídas por los comentarios sobre la misteriosa vida que allí tenía lugar y la personalidad de Gurdjieff. Hubo personas que peregrinaron hacia el bosque de Fontainebleau en busca de un remedio práctico que aliviara el vacío existencial –el mismo que asfixiaba incluso más que la tisis a Katherine- de sus vidas. La intención de otros peregrinos variaba, no obstante, según fuera la necesidad o disposición de sus naturalezas. Unos esperaban encontrar una imagen de culto en la que Gurdjieff ocuparía un pedestal similar a una escultura religiosa. Otros ansiaban recibir unas palabras de consuelo y consejos del gurú caucásico sin comprometerse con enseñanza y disciplina alguna. Los había con pretensiones de acrecentar su popularidad engordando aún más sus “egos”, apareciendo en el Príeuré con aires de suficiencia y grandeza, otorgada por la posición económica que ocupaban en la sociedad. No faltaron los investigadores de los “oculto”. Éstos esperaban extraer de Gurdjieff “secretos” vedados hasta entonces cuyo origen y naturaleza escapaban a su comprensión. Los menos buscaban un “camino” y un “guía” en orden a satisfacer una necesidad interior que produjera una trasformación total en el modo de concebir la vida. Casi todos habían ya experimentado otros itinerarios basados en teorías psicológicas -Freudianas o de Jung-, pseudoreligiosas, prácticas ocultistas de moda en la Europa de los primeros años del siglo XX, e incluso algunos tenían un cierto conocimiento de técnicas orientales –como Ouspensky- especialmente procedentes del subcontinente indio, y de la antigua literatura espiritual de aquellas latitudes. Este grupo minoritario hizo del Instituto para el Desarrollo Armónico del Hombre su hogar durante algún tiempo, empapándose del método gurdjieffiano cuya práctica parecía ignorar, en ocasiones, la compasión y el amor humanos.

El concepto que Gurdjieff tenía del amor estaba íntimamente ligado al nivel de desarrollo de la conciencia. No podría haber verdadero amor si antes no se producía la síntesis alquímica transformadora que lo hiciera posible; pero, nada era obtenido sin la participación activa del individuo. La metafísica subyacente en el método gurdjieffiano obviaba el esfuerzo humano con el autosacrificio correspondiente. La resultante de esta actividad alcanzaba su cenit cuando el sufrimiento “inconsciente” era “inmolado” cual víctima propiciatoria. La paradoja de este proceder en busca del “Amor” descansaba en la idea, naturalmente ignorada o marginada por el común de los hombres, de la total inutilidad del sufrimiento personal, con su carga de subjetivismo, como ofertorio a un Ser Superior dispensador de dones o gracias que aliviaran las maltrechas conciencias. Más bien, de buscar la protección del Altísimo o de fuerzas sobrenaturales habría que actuar con actitud provocadora. El Absoluto favorece a los hombres de acción. Dice el Señor Krisna a un abatido príncipe Arjuna:
“¡Oh, hijo de Prthā!, no cedas a esta impotencia degradante. No es digna de ti. Abandona esa mezquina flaqueza del corazón y levántate, ¡Oh, castigador del enemigo!”184. En la tradición esotérica islámica la indolencia es, asimismo, vista con desprecio. Así pues, Sanā’ī en un esfuerzo por avivar la búsqueda personal de Allāh escribe de este modo: “Él es el pastor y tú prefieres al lobo; Él te invita a Él y sin embargo te quedas sin comer; Él te da su protección y sin embargo estás profundamente dormido;
¡Bien hecho, insensato arrivista imbécil!”185.
Y es precisamente el hábito de la inercia, profundamente enraizado en el corazón humano, el primero que debe ser destruido por las mismas manos que ayudaron meticulosamente a su edificación. Nadie salvo el enfermo puede procurarse la medicina prescrita. Nadie puede hacer este trabajo por los demás. El reconocimiento de ello es el inicio del cambio que en el caso de Katherine Mansfield alcanza altas cotas de sinceridad:

“Desde mi última carta he pasado por una pequeña revolución. He decidido de repente (pues ha sido de pronto y aún es poco decir) hacer un esfuerzo para vivir de acuerdo con lo que pienso, y no seguir viviendo de un modo y pensar de otro, como lo he hecho hasta ahora… No, no puedo continuar representando un papel, sería morir viva. Por fin, he decidido hacer tabla rasa de todo lo que era superficial en mi vida pasada y recomenzar de nuevo para ver si puedo llegar a esta vida real, viviente, verdadera y plena con la que sueño. He pasado por un periodo espantoso antes de llegar a esto…”186.

La inevitable etapa de tinieblas a la que alude Katherine anuncia un periodo áureo en las relaciones humanas. Éstas, tal como las experimentamos habitualmente, carecen de autenticidad, de fiabilidad, y por consiguiente, no perduran en el tiempo. Además, el Amor al que se refieren los maestros espirituales de todas las tradiciones difiere en esencia y, por tanto, en cualidad, del amor ordinario cantado por los poetas y reflejado en gran parte de la literatura universal. La paradoja del amor “consciente” es que se vuelve invulnerable a la crítica, la especulación y al chantaje emocional. Este amor tiene su raíz en el “no-apego” al objeto (amado). Busca despertar en él las potencialidades que permitan elevarse por encima de los límites de su naturaleza ordinaria. Un amor de estas características crea confusión y rechazo entre la mayor parte de los hombres por su aparente frialdad y despreocupación, debido a la ausencia de sentimentalismo. El amante “consciente” prefiere el anonimato. Para él lo único importante es el renacimiento espiritual del ser amado, sin importar las consecuencias que ello pueda acarrearle187.
Los maestros sufíes de todas las épocas y, en general, de todas las tradiciones comprendieron esta verdad. Los discípulos que guardaron sus enseñanzas sufrieron “la experiencia del fuego” que reducía a rescoldos las pasiones humanas. Dos grandes hombres separados por varios siglos de distancia exteriorizaron aquel modo peculiar de amar, aunque con los matices propios de cada época. Tanto el escurridizo Shams de Tabriz como el incognoscible Gurdjieff encarnaron la paradoja del Amor. Veamos seguidamente los efectos de este amor sin entrar, como escribimos anteriormente, en debates estériles sobre comparaciones o efectividad de los métodos aplicados. Cada maestro es único. Además, debemos decir que el maestro persa del siglo XII como el caucásico del siglo XX respondían a necesidades evolutivas diferentes imposibles de identificar.

George I. Gurdjieff en  New York

El escritor y periodista Michel Random publicó un estudio188 sobre Gurdjieff y algunos personajes que se acercaron a su método de enseñanza, como los escritores franceses, prematuramente fallecidos, René Daumal (1908-1944) y Luc Dietrich (1913-1944). Asimismo, contamos con un artículo del mismo autor incluido en el texto del arquitecto y sociólogo Bruno de Panafieu de título Los Hombres de la Culpa y el Cuarto Camino189, que ha inspirado la denominación del presente apartado. Random pretende situar a los dos grandes personajes –Shams y Gurdjieff- en un universo mental y experiencial que escapa a toda catalogación. No obstante, ve en las acciones de estos hombres indicios del grupo de los malāmatī aunque no llega a constituirse en una teoría plausible. El último apartado del artículo está dedicado al camino del amor, entendido como sacrificio personal que es la prueba ineludible del caminante. Aquellos hombres excepcionales interpretaron durante sus vidas papeles de amantes contrarios a la práctica amatoria convencional:

“El camino del amor no excluye el aliento de la cólera. Shams castiga despiadadamente. Gurdjieff califica a la ‘intelligentsia’ occidental como una ‘absoluta mierdidad’ y denuncia a quienes, ‘aprovechando las migas caídas de mi festín de ideas’… abrieron… sus ‘oficinas de mistificación’…y comenzaron a fabricar con toda clase de pobres ingenuos, clientes para asilos de locos”190.

La ausencia de sentimentalismos en el “amor” de Shams y Gurdjieff nos lleva a identificar este amor en sentido “objetivo”, aspecto profundamente enraizado en la doctrina del maestro caucásico. Es un amor que sacrifica lo que ama, incluso a sí mismo –escribe Random- como fue el caso de la gran mística musulmana Rābi’a al-‘Adawiyya (m. 801 e.c.), modelo de amor desinteresado en el misticismo islámico. El concepto de amor “objetivo” queda claro en la siguiente historia que de ella se cuenta:

“Rābi’a era una esclava liberada por su amo… Un día, en las calles de Basora, le preguntaron por qué llevaba una antorcha en una mano y un jarro en la otra, y ella respondió: ‘Quiero prender fuego al paraíso y verter agua sobre el infierno para que esos dos velos desaparezcan y se vea claramente que adoro a Dios por amor, y no por temor del infierno o esperanza del paraíso’”191. El amor humano y divino visto desde la perspectiva del místico halla su razón de ser en la naturaleza sagrada de lo creado, pues, con el lenguaje del gnóstico podemos afirmar que todo –el ser y el no ser- deriva o “procede” –en término plotiniano- del Uno creador. Consciente de esta dualidad amorosa la mística exclama: “Te amo con dos amores: Con amor de deseo apasionado y con un amor nuevo: Porque digno eres Tú de ser amado. Si mi alma Te desea, es que Tu nombre llena mi memoria y de las criaturas, de lo que no eres Tú, el recuerdo borra. Y si además Te ama, sólo porque de amor Te cree digno, es que Tú mismo arrancas los velos que te ocultan, y te miro. No soy yo, por lo tanto, quien de este doble amor merece loa. ¡Por entrambos amores, a Ti sólo, Señor, sea la gloria”192

La poesía amorosa surgida del corazón de quien anhela por encima de todo ver a Dios está presente, especialmente, en la tradición monoteísta. Han sido muchos los místicos que recurrieron a este género literario como vehículo de expresión, pues, el lenguaje poético con sus imágenes y metáforas se adapta mejor a la necesidad del vidente, aunque lo haga con las lógicas limitaciones de las palabras humanas. En el caso de Shams de Tabriz y de Gurdjieff el amor incondicional que cantaba Rābi’a, como otros tantos sufíes posteriores, no es expresado mediante el empleo de la poesía. El primero contó con un mentor de talla excepcional y universal cuya vida experimentó una total transformación tras el encuentro de ambos.

La producción literaria de Jalāluddīn Rūmī –Rūm era el nombre con que se conocía en el siglo XIII Asia Menor- alcanzó aún más fama con una obra enteramente dedicada a su amigo y maestro, Dīwān-i Shams –i Tabriz –con sus dos mil quinientas odas-, que junto al Mathnawī componen una riquísima e inagotable aportación a la literatura de todos los tiempos193. Es sabido que el misterioso maestro de Tabriz dejó escrito, o se le atribuye, únicamente un corto dialogo entre Rūmī y él conocido como Maqalat (Diálogos)194. La obra escrita en prosa de Gurdjieff, por el contrario, constituye la base para conocer sus ideas, además de su no despreciable producción musical y coreográfica -las Danzas-. Ya sea Shams o Gurdjieff expresarán por otra vía el camino del Amor. Más cercano al ideal Malāmatiyya caracterizado por su independencia y aparente falta de empatía hacia el semejante, como un manifiesto desdén al academicismo, actuaron con la frialdad propia de la máscara que se vieron obligados a llevar. Quienes trabajaron con Gurdjieff el tiempo suficiente vieron un ser cuya vida era una total entrega a la causa de la evolución espiritual de la humanidad. La renuncia, incluso a la vida privada, que caracterizó al maestro caucásico está perfectamente documentada. El matrimonio con Julia Osipovna –Mme. Ostrovsky- lejos de entorpecer su trabajo supuso un paso importante para Gurdjieff. La etapa del Príeuré (1922 – 1930) estuvo caracterizada por un duro trabajo físico y “académico”. Allí hombres y mujeres, iatrimonios y solteros, iniciaron lo que puede considerarse la etapa áurea de la enseñanza. Los casados convivían juntos en pequeñas habitaciones, aunque el riguroso horario impuesto por Gurdjieff dejara poco tiempo para la lógica intimidad. Él mismo carecía también de ella. La esposa polaca del maestro siempre se caracterizó por una discreción absoluta y verdadera devoción hacia su marido. El motivo de esta actitud está fundamentado en la comprensión que ella adquirió acerca de la misión de su esposo, como expuso a un grupo de residentes del Príeuré. Czeslaw Chejovich escribe al respecto:

“El señor Gurdjieff se había ganado el corazón de esta joven polaca sin que ella hubiera sospechado todo lo que iba a ocurrir paulatinamente. Con una cierta sonrisa, ella nos confió un día cómo se conmovió al ver su verdadero rostro y al darse cuenta de que su marido estaba plenamente al servicio de una obra de orden espiritual y de que se consagraba totalmente al bien de sus semejantes. Hasta entonces, ella había apreciado en él, a través de su fuerza tranquila, al compañero lleno de afecto, al protector benevolente, al padre esperado de una futura familia y todo esto le parecía bastar para su felicidad. Pero cuando vio que su esposo era venerado por los que lo rodeaban como un maestro excepcional –un auténtico maestro de sabiduría que poseía el poder de hacer descubrir a sus alumnos su verdadero potencial espiritual- ella lo miró de una forma nueva. Y a partir de allí tomo un lugar muy discreto, preocupada por no estorbarlo absolutamente en la obra que él tenía que realizar”195.

Los detractores del maestro caucásico esgrimían la falta de amor y bondad en el método del “Cuarto Camino. Gurdjieff no mostraba sensibilidad alguna hacia aquellos que buscaban en él a un líder carismático a quien adular e idolatrar. Estas actitudes eran rápidamente reprimidas con contundencia, a veces feroz. La bondad de Gurdjieff no era del tipo ordinario, sentimental. Si tuviéramos que definir el término bondad apropiado al maestro habríamos de acudir al adjetivo “impersonal”. Los alumnos sentían a través del peculiar modo en que Gurdjieff se dirigía a ellos una fuerza o energía cuyo radio de acción abarcaba a todos los presentes, sin mostrar interés especial por ninguno en particular. Pero no hemos de olvidar que la compasión del maestro fue percibida y experimentada en numerosas ocasiones por discípulos que nos han dejado constancia de ella. Cuando sus extraños ojos negros se posaban sobre el rostro de alguien que acudía desconsoladamente a pedir consejo o ayuda, podía ver en Gurdjieff una dimensión nueva, abarcadora, universal. Entonces asomaba su verdadero rostro, según afirmaba su sorprendida esposa, y a partir de aquel instante toda idea preconcebida sobre él desaparecía sin el menor esfuerzo. Idéntico rostro que años más tarde contemplaría la enferma Georgette Leblanc en una de sus visitas personales al apartamento parisino de Colonels Renard196. Los críticos de Gurdjieff apenas permanecieron en su compañia el tiempo necesario para elaborar una sentencia difamatoria aceptable sobre su persona. Cuando el maestro estallaba en una especie de cólera divina bíblica, lo hacía dentro de los límites marcados por la necesidad del otro, generalmente para corregir errores. Los discípulos que así lo entendieron sufrían estoicamente las diatribas de un furioso Rasputin, que a ojos de los legos parecía actuar totalmente fuera de sí. Sin embargo, la realidad era del todo distinta. Como maestro eminentemente práctico empleaba una amplia variedad de elementos disuasorios correctores de errores y un cierto “terror” capaz de hacer desistir incluso a las almas más avezadas. Fritz Peters narra en su libro de recuerdos de adolescencia pasada en el Príeuré, un episodio esclarecedor. El joven norteamericano desempeñaba el papel de asistente personal de Gurdjieff, sirviendo en su habitación a solicitud de éste. Una tarde después de la comida que había contado con la presencia del distinguido, afectuoso, compasivo y acreditado experto en la teoría de Gurdjieff, A. R. Orage, Peters percibió una gran algarabía procedente del interior de la estancia privada:


“Al llegar a la puerta de la habitación de Gurdjieff con el café y el brandy en la bandeja, vacilé espantado por los violentos gritos de furia que se oían. Di unos golpes a la puerta y, al no recibir respuesta, entré. Gurdjieff estaba de pie al lado de su cama, en un estado que me pareció de furor totalmente descontrolado. Estaba chillándole a Orage que, impasible y muy pálido, se encontraba acorralado en una de las ventanas… Orage, un hombre alto, parecía avergonzado, derrumbado, como pegado a la ventana, y Gurdjieff, de hecho no muy alto, parecía inmenso, una completa encarnación de la cólera… De súbito, en el espacio de un instante, la voz de Gurdjieff se apagó, toda su personalidad cambio y me dirigió una amplia sonrisa, increíblemente pacífica, interiormente tranquila; me indicó que me marchase y después continuó su diatriba con la misma fuerza. Esto ocurrió tan rápidamente que creo que el Sr. Orage ni siquiera notó la interrupción en el ritmo”197. Aquel incómodo y aterrador episodio marcaría en adelante la opinión que de Gurdjieff tendría el joven sirviente norteamericano. Peters sintió compasión por el pobre Orage que era castigado probablemente por algo grave que hizo en contra de las directrices del maestro. El hecho concreto lo desconocemos, pero Peters no dudó, en absoluto, de la necesidad de aquella estruendosa reprimenda. El maestro jamás se equivocaba, y si lo hacía respondía a un fin concreto, perfectamente calculado:

“Estaba fuera de toda duda que yo creía en él con todo mi ser, absolutamente. Él no podía hacer mal. Por extraño que parezca –y sé que es difícil explicar esto a alguien que no le haya conocido personalmente- mi devoción por él no era fanática. No creía en él como se cree en un dios… Él hacía lo que hacía cuando lo quería o lo necesitaba. Estaba invariablemente interesado por los demás y los tomaba en consideración… Creo que todos sentimos que cuando él estaba con cualquiera de nosotros, recibíamos toda su atención. No puedo pensar en nada que sea más halagador en las relaciones humanas”198.


Difícil muestra de amor podríamos pensar de la manera de ser de un maestro espiritual que debe encarnar en su rostro y en sus obras la bondad y la misericordia más elevadas. Al menos eso es así para el imaginario colectivo, de claro rasgo pietista, muy inspirado en un concepto de la perfección humana que tiene a Dios como icono. El método docente gurdjieffiano adolece de falsos sentimentalismos y de vacuos discursos filosóficos o teológicos. Reemplaza a éstos por la experiencia directa con las desgarradoras, a veces, consecuencias de índole psicológico y fisiológico que se derivan de la total entrega a la voluntad de un modelador de almas. El método práctico basado en el error y la corrección del mismo mediante el uso de técnicas proporcionadas por un guía competente forma parte de la espiritualidad oriental, aunque no es exclusivo de ella. Si el fin de un trabajo sobre sí mismo es alcanzar un grado de conciencia que nos capacite para el amor “objetivo” que, por definición, desea la perfección del “otro” a costa y riesgo de nuestra integridad, es lógico que fueran pocos los llamados a iniciarse en semejante empresa. Desde luego, ha sido, es, y será privilegio de unos pocos.
El amor consciente es de rango divino. Y aunque parezca paradójico tanto su búsqueda como su manifestación provocan la incomprensión, el rechazo y la violencia como respuesta. La misteriosa desaparición de Shams de Tabriz obedeció a esta actitud de intolerancia. Desde su encuentro con Rūmī en las calles de Konya –la antigua Iconium bizantina- su destino estaba sellado. La relación entre los dos hombres ocasionó el abandono de Jalāluddīn de las tareas de maestro en jurisprudencia y ley coránica, además de guía espiritual ortodoxo -hacia 1244 contaba ya con numerosos discípulos en la ciudad turca- y de cabeza de familia. El hijo menor de Rūmī, ‘Alā’luddīn, quien había desarrollado cierta hostilidad hacia Shams –escribe Schimmel- le dio muerte, con la ayuda de otros conjurados, arrojando su cadáver a un pozo199. El desconsuelo de Jalāluddīn fue enorme. Schimmel escribe al respecto:
“Sultán Walad trató de calmar la inquietud de su padre, diciéndole que todo el mundo estaba buscando a Shams; pero cuentan las crónicas que, durante el sueño de su padre, amortajó rápidamente el cuerpo de Shams que había sacado del pozo, y cubrió la tumba con yeso preparado a toda prisa. Es precisamente esta tumba la que fue descubierta hace algunos años por Mehmet Öncler, entonces director del Mevlâna Müzesi; se encuentra bajo el monumento erigido en memoria de Shams algún tiempo después del acontecimiento”200.

La amistad amorosa de naturaleza espiritual originada por la unión de dos almas que han visto a Dios, es frecuente en el misticismo islámico. Rūmī culminó en Shams la búsqueda de un “alter ego”, de un alma gemela que se identifica plenamente con él. El amor en la más alta dimensión humana surge de la experiencia consciente que permite conocer la unidad que yace detrás de la pluralidad, y la transformación de la pluralidad en unidad. Gurdjieff llamaba al conocimiento del constante juego recíproco unidad-pluralidad, conciencia “objetiva”.Es pues, un conocimiento que ha resuelto las relaciones entre el objeto y el sujeto, ente el ser y el no ser. Rotos los principios y anulada la identificación el maestro de Tabriz: “Vivía en un estado tal que no necesitaba de las leyes ni de la religión; carecía de todo sentido de la culpabilidad o de la justicia; la verdad y la bondad marcaban sus actos espontáneos”201. Semejante descripción podría aplicarse a la personalidad de Gurdjieff, que, sin embargo, al igual que la de Shams mostraba, en ocasiones, rasgos de “vulgaridad” aderezados con la ingenuidad propia de un niño. En el periodista y estudioso, Louis Pauwels, hallamos un significado nuevo del término “vulgaridad”, que en sentido despectivo fue utilizado como dardo arrojadizo por los detractores de Gurdjieff y, siglos antes, del maestro de Tabriz. Dice así:
“Nuestra naturaleza se nos da para que vayamos en ‘contra’, o más bien para que la convirtamos en otra naturaleza completamente diferente, tan diferente de la primera como la pequeña mujercita de barro difiere de la diosa de mármol. He aquí el sentido oculto de la palabra vulgar, de acuerdo con la cual ‘la vida es una prueba’ y que Gurdjieff precisaba al declarar: ‘Ser, es ser diferente’”202.


Por tanto, la transformación radical de nuestra naturaleza comprometería a todo lo que, en realidad, no somos. “la diversidad de yoes” –expresión que posee naturaleza de axioma en el magisterio de Gurdjieff- que gobiernan anárquicamente las acciones de los hombres no desarrollados, impiden el ejercicio del Amor. Debemos a la falta de unidad en nosotros mismos los fracasos amorosos, auténtica tragedia que parece consustancial o connatural al hombre de todas las épocas. Pavwels es sincero cuando escribe: “Vidas enteras pasan en pagar así las deudas de los pequeños yo accidentales”. Pero, como hemos expuesto, el amor consciente es propio de hombres y mujeres espiritualmente evolucionados. Y, por tanto, constituye una rareza. El conocido argumento principal que es el eje alrededor del que gira toda la doctrina gurdjieffiana tiene una simple formulación: “Somos esbozos de hombre, no hombres, y no existe ningún camino común que conduzca de un estado a otro”. Todo lo más podemos cumplir nuestro destino de esbozo; es decir, podemos ir en la vida ordinaria de un mal a un mal menor. La naturaleza nos abandona totalmente en un momento dado. Después estamos desamparados. Gurdjieff hizo, tanto en sus escritos como oralmente, pocas alusiones a Dios. Consideraba que Él –el Absoluto o Nuestra Eternidad- estaba a una enorme distancia del conocimiento de los hombres. Podríamos tener una noción teórica de Dios o aproximarnos sentimentalmente a Él buscando refugio y protección ante las adversidades de la vida. La especulación filosófica y los sistemas religiosos cumplían esa labor, que en opinión del maestro era del todo estéril. Más bien, avanzaremos en sabiduría de las “cosas divinas” cuanto más nos esforcemos en conocer nuestra propia naturaleza o “Yo, oculta tras una nebulosa de ignorancia. Traspasada la cegadora nube un nuevo universo se abre ante nosotros. Los maestros sufíes, por el contrario, que alcanzaron el estado de bienaventuranza expresaron por medio del lenguaje poético la visión de lo Inefable. El “coqueteo” con aquello que no se puede explicar alcanza en los ghazal –poema equivalente a la oda- y otros poemas, la cima de la sensibilidad. El Dīwān en honor a Shams de Tabriz es una reunión de ghazals motivados por el amor de Rūmī a su maestro. Según los sufíes el amor que sentimos por los seres queridos puede conducirnos al amor a Dios
Los sufíes emplean la metáfora en sus composiciones con el objetivo de ocultar los misterios que habían descubierto. Nicholson afirma que este celo obedecía a una doble razón:
“Este deseo era natural en aquellos que orgullosamente declaraban poseer una doctrina esotérica conocida sólo por ellos; además, una explicación clara de lo que creían podría haber puesto en peligro sus libertades, o incluso sus vidas. Pero, aparte de estos motivos, los sufíes adopta el estilo simbólico porque no hay otra manera posible de interpretar la experiencia mística”203. El mismo autor define al amor como “el principio supremo de la ética sufí”. En un poema de su Dīwān, Rūmī sintetiza así este principio: “Amor existe desde el origen a la eternidad. El que va en pos del amor no tiene par. El futuro día de la resurrección, el corazón sin amor rechazado será”204.
Buena parte de los rubayat 205 contenidos en el Dīwān evidencian el dolor por la separación del amigo, que el autor –escribe Clara Janés en el libro anteriormente referenciado-ve como una hipóstasis del amor divino: “Rūmī, a través de sus poemas, halló en sí mismo a Shams, y a la vez en él la representación del rostro del Amor divino”. En otras palabras, Rūmī percibió el ser universal y participó de él a través de Shams. Anteriormente buscó con denuedo la morada del verdadero ser, pero no la halló ni en la razón, ni en la religión, ni en actividad cultural conocida. El abandono de la vida mundana trajo una revolución interior y exterior que como todas las revoluciones dejan profundas cicatrices en el sujeto que las padece y en otros que no ven con buenos ojos –puesto que no comprenden- el cambio que tiene lugar.

La aparente falta de sensibilidad del maestro Gurdjieff en el trato humano, obedecía a situaciones concretas que él manejaba siguiendo criterios que, obviamente, eran del todo desconocidos para la gente común. Nadie osaba menoscabar la autoridad que representaba, y que ejercía de modo absoluto. Si Peters no dudó jamás de la bondad que se escondía tras determinadas acciones –recordemos el esperpéntico episodio del tren o la dureza verbal con la que eran, en ocasiones, obsequiados sus seguidores- era porque tanto él como otros practicantes de su método, habían comprendido la necesidad de ello. La naturaleza indolente y perezosa del hombre reclamaba una violenta sacudida que la situara en una posición de “recuerdo de sí”, que no se lograba con el habitual recurso a la “persuasión evangélica”
En la obra magna de Gurdjieff, Relatos de Belcebú a su nieto, un enviado del Altísimo al planeta Tierra, Ashyata Sheyimash, dejó a los hombres cinco mandamientos –más bien, obligaciones- para que sirvieran a la adquisición de la “verdadera conciencia”. El último decía: “siempre ayudar a sus semejantes, así como a los seres de otras formas, con miras a su perfeccionamiento acelerado hasta el grado de ‘Martfotai sagrado’206, es decir, hasta el grado de autoindividualidad”. A. R. Orage, en sus comentarios de Belcebú, escribe sobre lo anterior:

“Debemos discriminar entre satisfacer las debilidades de otros para obtener su buena opinión con respecto a nosotros, y ayudarlos a convertirse en lo que realmente desean ser. Pero sólo podemos volvernos ‘exigentes’ con otros cuando hayamos aprendido a ser ‘doblemente exigentes’ con nosotros. El único servicio verdadero que podemos dar a los demás es un serricio que los ayudará a cumplir sus funciones como seres humanos”207.

En el comentario del antiguo editor inglés hallamos la llave que nos permite penetrar en uno de los secretos mejor guardados por Gurdjieff. Indiferente a las opiniones y críticas de los demás perseguía un único e invariable objetivo: elevar la conciencia humana. El autosacrificio adoptado por el maestro apenas era perceptible por su círculo íntimo de seguidores. Mientras que la humillación, los ataques despiadados y, en definitiva, la ausencia de meliflua compasión hacia ellos ha sido motivo de escarnio y denuncia pública. Ahora bien, las críticas, que pretendían ser hirientes, emanaban de individuos que tras un breve periodo de tiempo en contacto con la enseñanza no habían comprendido el propósito de la misma, ni mucho menos la misión de Gurdjieff. Otros, incluso, lanzaban voces acusadoras sin siquiera haber visto su rostro ni escuchado sus palabras, jugando a magistrados que dictaban sentencia únicamente guiados por testimonios difamatorios de terceros carentes de pruebas objetivas. Los que por propia experiencia conocieron el objeto del proceder del maestro permanecieron fieles pese a las dificultades. A R. Orage sabía perfectamente lo que significaban aquellas reprimendas por las que hubo pasado:

“Cuando lo ha humillado a usted en presencia de los otros, cuando le ha puesto nombres ofensivos, cuando lo ha tratado ‘abominablemente’, luego, una semana o tal vez un mes o un año después, surgirá en usted un sentimiento de gratitud hacia él y se dará cuenta de que una fuerza interior ha crecido”208. Dos mujeres, Katherine Mansfield y Rābi’a. Tres hombres, G. I. Gurdjieff, Shams y Rūmī. Cinco maneras de experimentar el amor verdadero. Quizá entendamos ahora la necesidad de la autotransformación, de un nuevo nacimiento sin retornar al seno materno. La insistencia, que podría parecernos obsesiva, del método gurdjieffiano en relación al despertar a una nueva y radical comprensión persigue, en definitiva, la aparición de un concepto del amor desligado de la forma, cuya manifestación práctica halla en el servicio al prójimo su única razón de ser.

182 Cf., Gurdjieff, p. 241. Extracto de una carta fechada el 18 de Octubre de 1922 remitida desde el Príeuré.
183 Ver Primera Parte, cap. 2, pp. 144 – 145.

184 Cf., Bhagavad, p. 77. 185 Cf., Jardín A.V., p. 40.
186 Cf., Gurdjieff, p. 233. Extracto de una carta dirigida a su esposo fechada el 18 de Octubre de 1922 remitida desde el Príeuré. 187 Ver Primera Parte, cap. 2, pp. 154 – 156.
188 Les Puissance du dedans, Denoël, 1966. Este trabajo que podríamos traducir como “Los poderes interiores” fue uno de los primeros en profundizar tanto en la enseñanza del maestro como en la influencia que ejerció en ciertos pensadores del círculo parisino. 189 Recordamos que este artículo forma parte de la colección publicada en Francia, en 1997, que contribuye, en la medida de lo posible, a un acercamiento a la figura y el pensamiento de Gurdjieff. Para referencia bibliográfica ver Primera Parte, cap. 2, p. 93. 190 Cf., C.T.B. Gurdjieff, p. 214.
191 Cf., Dimensiones, p. 54.
192 Cf., GALINDO, E.-THIMMEL, S. Salmos Sufíes. Ed. Darek-Nyumba, “Colección otras aguas vivas”, Madrid, 1995, p. 94. 193 La edición de Reynold A. Nicholson del Mathnawī fue publicada en ocho volúmenes entre 1925 – 1940. Una selección de poemas de Dīwān-i Shams –i Tabriz que aún hoy constituyen una excelente introducción a la obra de Rūmī aparecieron en 1898, igualmente traducidos y editados por Nicholson. Los trabajos del erudito inglés fueron el fundamento para investigaciones más modernas. El Mathnawī ha sido llamado el “Corán en persa”. Ver p. 447. 194 El Maqalat podría ser el relato de los primeros meses tras el encuentro de ambos hombres. En este diálogo –quizá escrito por la mano de Rūmī-: “Shams aparece como un hombre poseedor de claridad, sinceridad, simplicidad y madurez. En esta disertación, los personajes son Dios, Rūmī y Shams. Discuten sobre las realidades que existen detrás de los credos, lo real de lo irreal; coinciden en que las ideas del hombre se encuentran tanto en las cosas vivas como en las inertes”. Cf., REZA ARASTEH, A. Rūmī, el persa, el sufí, Ed. Paidós, Barcelona, 2006, pp. 52 – 53.
195 Cf., Mi vida, pp. 257 – 258.
196 Ver Primera Parte, cap. 2, pp. 110 – 111.
197 Cf., Recordando, pp. 52 – 53. 198 Ibíd., pp. 53 – 54.
199 No hay datos fidedignos para acusar de homicidio al hijo menor de Rūmī. Sultán Walad, el primogénito, no menciona el asesinato sólo alude a la repentina desaparición de Shams producida en el año 1247 e.c. Rūmī viajó a Damasco en su búsqueda. En 1251 regresó a Konya donde instituyó la sama.
200 Cf., Dimensiones, p. 331. 201 Cf., Rūmī, P.S., p. 52. 202 Cf., Gurdjieff, p. 66.
203 Cf., Místicos, p. 116. 204 Cf., Rubayat, p. 144. Referencia bibliográfica completa en Primera Parte, cap. 2, p. 157. En este trabajo se muestran una selección de las rubayat de Rūmī pertenecientes al Dīwān de Shams. La selección y traducción es de Clara Janés y Ahmad Taherí. 205 El rubai es un poema que consta de cuatro medios versos, que riman primero, segundo y cuarto, el tercero queda libre (aunque no necesariamente).
206 Cf., Belcebú, p. 303. Una de las expresiones inventadas por Gurdjieff que carece de traducción real. 207 Cf., Comentarios R.B., pp. 287 – 288.

GURDJIEFF Y EL AMOR – EL AMOR EN CUARTO CAMINO

MARAVILLOSO TEXTO DE GURDJIEFF ACERCA DEL AMOR Y Más.

amor

Hay dos clases de amor; uno el amor de un esclavo, el otro que debe ser adquirido por medio de trabajo. El primero no tiene valor alguno; sólo el segundo tiene valor, esto es, el amor adquirido a través de trabajo. Este es el amor del cual hablan todas las religiones.

Si ustedes aman cuando “ello” ama, no depende de ustedes y por lo tanto no tiene mérito. Es lo que llamamos el amor de un esclavo. Ustedes aman cuando no deberían amar. Las circunstancias les hacen amar mecánicamente.

El amor verdadero es el amor cristiano, el amor religioso; con este amor nadie nace. Para este amor hay que trabajar. Algunos lo conocen desde la infancia, otros solamente en la vejez. Si alguien tiene amor verdadero, es porque lo adquirió durante su vida. Pero es muy difícil aprenderlo, Y es imposible empezar a aprenderlo directamente, en la gente. Todo hombre toca a otro en carne viva, nos hace apretar los frenos, y nos da muy poca oportunidad de tratar.

El amor puede ser de diferentes clases. Para comprender de qué clase de amor hablamos, es necesario definirlo.

Ahora estamos hablando del amor por la vida. En todo lugar donde hay vida, comenzando por las plantas (porque ellas también tienen vida), los animales —en una palabra dondequiera que haya vida— hay amor. Cada vida es un representante de Dios. Cualquiera que pueda ver al representante, verá a Aquél que es representado. Cada vida es sensible al amor. Aun las cosas sin alma como las flores, que no tienen conciencia, comprenden si uno las ama o no. Aun la vida inconsciente reacciona a cada hombre de una manera correspondiente y le responde de acuerdo a la manera en que él reacciona.

Como siembran, así cosecharán, y no sólo en el sentido de que si siembran trigo tendrán entonces trigo. Es cuestión de cómo siembran. Literalmente puede convertirse en paja. En la misma tierra, distintas personas pueden sembrar las mismas semillas y los resultados serán diferentes. Pero estas sólo son semillas. El hombre ciertamente es más sensible que una semilla a lo que es sembrado en él. Los animales son también muy sensibles, aunque menos que el hombre. Por ejemplo, se mandó a X. a cuidar los animales. Muchos enfermaron y murieron. Las gallinas pusieron menos huevos y así sucesivamente. Aun una vaca dará menos leche si uno no la quiere. La diferencia es muy sorprendente.

El hombre es más sensible que una vaca, pero inconscientemente. Y así si ustedes sienten antipatía u odian a otra persona, es sólo porque alguien ha sembrado algo malo en ustedes. Aquel que quiera aprender a amar a su vecino debe empezar por tratar de amar las plantas y los animales. Quien no ama la vida, no ama a Dios. Comenzar de inmediato a tratar de amar a un hombre es imposible, porque el otro es como ustedes, y devolverá golpe por golpe; en

tanto que un animal es mudo y se resignará tristemente. Por eso es más fácil empezar a practicar en animales. Para el hombre que trabaja sobra sí mismo es muy importante comprender que sólo puede haber cambio en él si él cambia su actitud hacia el mundo exterior. En general ustedes no saben lo que se debe amar y lo que no se debe amar, porque todo eso es relativo. En el caso de ustedes, una y la misma cosa es amada y no amada; pero hay cosas objetivas que debemos amar o debemos no amar. Por eso es más productivo y práctico que se olviden de lo que llaman malo y bueno y comiencen a actuar sólo cuando hayan aprendido a escoger por sí mismos.

Ahora si quieren trabajar sobre sí mismos, tienen también que elaborar en sí diferentes clases de actitudes. Excepto en el caso de cosas grandes y más definidas que innegablemente son malas, tienen que ejercitarse de esta manera: si les gusta una rosa, traten de que les disguste; si les disgusta traten de que les guste. Lo mejor es comenzar con el mundo de las plantas; desde mañana traten de mirarlas de una manera en que no las han mirado antes. Cada hombre es atraído hacia ciertas plantas, y no hacia otras. Quizás esto no lo hemos notado hasta ahora.

Primero tienen que mirar una, luego poner otra en el lugar de ella y después prestar atención y tratar de comprender por qué hay atracción o aversión. Estoy seguro de que todos sienten algo o perciben algo. Es un proceso que tiene lugar en el subconsciente, y la mente no lo ve; pero si comienzan a mirar conscientemente, verán muchas cosas, descubrirán muchas Américas.

Las plantas, como el hombre, tienen relaciones entre ellas y también existen relaciones entre plantas y hombres, pero cambian de tiempo en tiempo. Todas las cosas vivientes están atadas las unas a las otras. Esto incluye todo lo que vive. Todas las cosas dependen unas de otras. Las plantas actúan sobre los estados de ánimo de un hombre y el estado de ánimo de un hombre actúa sobre el de una planta. Mientras vivamos haremos experimentos. Hasta flores vivientes en una maceta vivirán o morirán según el estado de ánimo.

GURDJIEFF, PERSPECTIVAS DESDE UN MUNDO REAL