La vida es real sólo cuando Yo Soy; Gurdjieff.

ESPIRITUALIDAD

VIDA INTERIOR VIDA EXTERIOR Jean Vaysee

VIDA INTERIOR
Y
VIDA EXTERIOR
(Perspectivas generales)

CONTINUAMOS con las publicaciones secuenciales de estas extraordinarias conferencias de Jean Vaysse, hoy VIDA INTERNA VIDA EXTERNA: 

Numerosos indicios que una observación imparcial nos puede transformar en certeza que hay en nosotros dos naturalezas: una personal o individual, relativamente accesible a nuestros modos habituales de percepción; a la vez orgánica y psíquica (o animal y anímica); la otra, mucho más difícil
de percibir, es experimentada como nuestra participación en algo más vasto que el individuo, de manera que la denominamos espiritual, y aun universal; de hecho no sabemos bien cómo hablar de ella. a atención que los hombres le prestan es muy variable según cada quien y según los momentos de la vida; casi todos, reconocen al lado de su tendencia egocéntrica y personal, esa necesidad de infinito o “absoluto”.
Una, enteramente orientada hacia lo externo, centrada, ante todo, en la eficiencia, la utilidad, el rendimiento del “individuo”, en el marco de la sociedad a la que pertenece. Esta manera de vivir es la que va desarrollando ante todo la civilización occidental, cada uno de cuyos miembros, para lograrlo, se ha sometido a largos años de educación, de formación, de aprendizaje, de estudios, de especialización, de actualización, etc. y el criterio principal según el cual se clasifica a los “individuos” es su eficacia final en la vida exterior.

La otra manera de orientarse, el otro tipo de “actividad”, concierne a la vida interior: centrada, ante todo, en la “realización” de las posibilidades contenidas potencialmente en el individuo, el desarrollo de las facultades y cualidades propias que caracterizan su naturaleza humana y, como consecuencia, el acceso (o el “retorno”) a “niveles de vida” o “mundos” que la vida y la actividad exterior no permiten siquiera sospechar. Esta manera de vivir, escasamente conocida por la civilización occidental, es la que han desarrollado ante todo algunos de los estratos de las civilizaciones orientales y su desarrollo, para quienes se consagran a ella, exige aún más tiempo y más cuidados, mayor formación, investigación, y estudios metódicos que los requeridos por la vida exterior.
Estas dos formas de vida pueden parecer a primera vista contradictorias, y lo son, en efecto, de
cierto modo. Es muy evidente, sin embargo, que cada una corresponde a una de las naturalezas del hombre y que un hombre completo debe vivir a la vez una y otra: son inherentes a la naturaleza humana que de esta manera lleva en sí misma una permanente contradicción de dos corrientes.
Una es la corriente de creación que, originada en el nivel primario, fluye hacia las diversas formas de la manifestación y, desde este punto de vista, es una corriente involutiva; la otra es la que puede llamarse corriente de “espiritualización”, pues, originada en las formas manifestadas, retorna al nivel primario (retorna a “Dios”), y es así una corriente de evolución. Por su doble naturaleza, y las dos
caras de su vida, el hombre pertenece a una y a otra (tiene “los pies sobre la tierra y la cabeza en los cielos”), y es uno de los puentes, uno de los niveles de intercambio, un mediador entre estas dos corrientes. Quizá sea esta mediación —necesaria para que el hombre no esté perdido en una corriente o la otra- la que marque su realización efectiva al mismo tiempo que le da su tercer aspecto.
En lo que a nosotros concierne de inmediato, en el punto en el que estamos, situados únicamente, o
casi, en la vida exterior, conocemos —o creemos conocer— una de estas dos naturalezas, por la cual vivimos cotidianamente: nuestra naturaleza ordinaria. La vida la solicita sin cesar y sin cesar ella responde a la vida.


La otra naturaleza queda cada vez más olvidada tras ella, primero en forma de vida latente y adormecida, luego sumergida, ahogada en el inconsciente, y finalmente perdida. Mientras no está muy enterrada todavía, surge abruptamente, de tiempo en tiempo, en momentos de lucidez, en los que de repente se nos impone (generalmente en momentos difíciles) sin que sepamos de dónde nos viene. Al lado de lo que somos de ordinario, esos momentos tienen un sabor tal que ya no nos dejan del todo tranquilos; por ellos guardamos el regusto de nuestra insuficiencia y la más o menos mala conciencia de haber sentido que no éramos lo que deberíamos ser. Pero no necesitamos en absoluto de tales momentos para vivir y si deseamos estar de nuevo tranquilos, no tenemos más que olvidarlos: lo que nos permitimos con la mayor facilidad, puesto que a nuestro alrededor, en la vida corriente, todo está hecho para ayudarnos a este olvido. Sin embargo, si un día un hombre quiere ser él mismo plenamente, el restablecimiento del equilibrio perdido entre sus dos naturalezas y sus dos formas de vida es en verdad el primer trabajo necesario. Por ello es que todo lo que consideraremos a continuación va dirigido sólo a quienes están atentos a estos momentos particulares y deseando poner en claro lo que representan, aceptan por eso, no estar ya tan tranquilos. Una evolución interior y el trabajo que requiere sólo pueden ser llevados a cabo si están auténticamente motivados por la toma de conciencia de nuestras insuficiencias y nuestras fallas —Gurdjieff decía: de nuestra nulidad— con el malestar que de ella se deriva, inherente al resurgimiento en uno mismo de esta segunda naturaleza abandonada u olvidada en el curso de nuestra formación, con las contradicciones interiores y los conflictos
que este resurgimiento engendra. Nunca nada es gratuito: la aceptación de este malestar inevitable es el primer tributo que el hombre debe pagar para emprender la búsqueda de sí mismo.
Quizás, en semejante búsqueda, uno corre el riesgo de oscilar entre la beatitud imbécil (que sería la
ignorancia deliberada de dicho malestar) y un cierto masoquismo (que sería el darle un lugar excesivo a este malestar; ¿no lo han llamado algunos angustia metafísica?). La única actitud justa –ciertamente difícil- la justa medida: el reconocimiento exacto, con la esperanza de resolverlos, de nuestro malestar y nuestro conflicto interior tales como son.
Evidentemente, tal esperanza, tal empresa, son concebibles sólo si conocemos los datos que se
enfrentan y es por eso que la pregunta acerca de lo que somos, en realidad, en una y otra de nuestras
naturalezas, como también en todo lo que de ellas depende, aparece de entrada como la más fundamental de todas. Para un hombre que quiere un día ser él mismo plenamente, la búsqueda de la verdad sobre lo que él es, es la más imperiosa de todas las necesidades: ella es la que lleva a este conocimiento de sí al cual se consagran todas las escuelas tradicionales.
Este conocimiento no podría además, limitarse a uno mismo. ¿Cómo adquiriría el individuo un
sentido completo si no fuese reubicado en su contexto general? El hombre forma parte del conjunto de la vida sobre la tierra; es uno de sus elementos, tal vez el principal; y el estudio del significado de esta vida es inseparable del estudio de sí mismo. Pero hay más, porque la vida sobre la tierra de la cual el hombre participa no es sino un nivel, un escalón que tiene su puesto y su papel en los intercambios de fuerzas en el interior del sistema solar al cual la tierra pertenece. Este mismo sistema solar es sólo un elemento entre otros y en definitiva, el estudio del hombre —el estudio de sí—, para ser completo, resulta inseparable de una perspectiva cósmica general.
El hombre es un ser tan complejo que puede ser considerado de maneras muy diferentes, que dan
cuenta más o menos adecuadamente de su estructura y de las relaciones entre sus distintos componentes. La más completa y la más útil para la búsqueda que nos proponemos considera que su cuerpo orgánico, el único directamente accesible de inmediato, agrupa diferentes funciones orgánicas y “psicológicas”, a su vez dirigidas por unos centros que dan a la energía vital fundamental la forma específica propia de cada una de ellas. Está hecho de un conjunto de cualidades individuales; unas son dadas desde el nacimiento: constituyen el aspecto fundamental, inicial de cada hombre y pueden, por este hecho, ser llamadas su esencia. Las otras son un conjunto de cualidades adquiridas, superpuestas en el curso del desarrollo y de la vida por el medio ambiente: debido a este carácter sobreañadido (este carácter de máscara de comedia: persona), pueden ser llamadas su personalidad. De hecho, esta personalidad, la manera según la cual se agrupan sus diversos factores, se estructura en cada hombre, alrededor de un número muy reducido (dos o tres) o hasta de un único rasgo fundamental, que es la característica de su esencia y da a todo lo que se fija en la persona un aspecto particular; pero también en cada hombre la personalidad se estructura de manera diferente, más o menos estereotipada, según cada una de las situaciones—tipo a las que este hombre debe hacer frente en razón de las demandas habituales del medio ambiente. De manera que un mismo hombre adquiere, a lo largo de su vida,
múltiples aspectos personales, múltiples personajes, múltiples “yoes” (pues cada uno, por su cuenta,
independientemente de los demás, dice “yo” cuando aparece).
Al lado de esta vida orgánica, el hombre participa de otros niveles de vida menos accesibles
inmediatamente: una vida psíquica, o más bien anímica, una vida espiritual sin duda, tal vez hasta otras, cada una de las cuales encuentra en él su soporte, sus facultades y sus funciones. El hombre pasa también por diversos estados: el dormir, el soñar, la vigilia y algunas veces “momentos de apertura” más amplia a la vida: momentos de despertar a la belleza, a la armonía, a la necesidad de infinito, que son de hecho, aunque lo ignore, sus momentos de despertar a su ser interior. El hombre ve estos diversos estados sucederse en él de una manera más o menos caprichosa y que frecuentemente se le escapan. En todo este conjunto, se elaboran construcciones: tenemos sobre nosotros y sobre el mundo en que vivimos ideas e imaginaciones que son nuestras. Tenemos una sensibilidad, deseos, una emotividad, que colorean nuestra vida con un estilo que les es propio. Tenemos nuestras particulares formas de comportarnos, tanto en la vida exterior como en nuestra vida interior. Pero la característica más fundamental sin duda aunque al mismo tiempo la que menos aparece —¿acaso no hace falta buscarla para descubrirla?— es la fantástica mecanicidad de todo este conjunto. Por un sinnúmero de hábitos, de reacciones automáticas y de condicionamientos establecidos por repetición en el curso de la vida, todo este conjunto que somos se mantiene por sí mismo y pronto se encierra en limitaciones de las cuales no saldrá más.
Sin embargo, tenemos, en nosotros mismos, en ciertos momentos, esta intuición de que algo distinto
nos es posible: una imprescriptible libertad interior, una unidad armoniosa y la participación en la vida de un “mundo mejor”.  Cada vez más claramente se plantea en ellos la pregunta: ¿no sería posible darle a nuestras vidas una calidad distinta a la que vemos en ella de ordinario: aquella que entrevemos sólo en los momentos de “despertar”?
Escritos y libros nos lo dicen. Hablan de una vida interior posible para el hombre y de una
transformación que conduce a una “realización”, cuya denominación varía de acuerdo con los caminos
seguidos; hablan de cuerpos superiores que tienen su vida, sus facultades propias y su devenir, hablan del yo, real o irreal, de su evolución, de su superación: todo estaría en los libros si fuéramos capaces de
comprenderlo.
Pero todo este saber acumulado, estas experiencias y las conclusiones que sacamos son ajenos: todo
eso sigue siendo teórico para nosotros.  Los libros pueden ayudarnos a dirigir nuestras experiencias; pero no estamos seguros jamás sino de lo que hemos verificado y vivido: ante la pregunta sobre una evolución posible, sólo podemos tener fe en una respuesta que provenga de una experiencia personalmente vivida.
¿Permite aún la época actual que un hombre se limite al desarrollo de un aspecto de sí mismo y renuncie a la posibilidad, que es inherente al hombre en su totalidad, de un desarrollo armonioso y completo?
Tal es la pregunta que queda abierta y para ella ninguna respuesta teórica podría ser satisfactoria.

Jean Vaysee

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ENFERMEDADES ESPIRITUALES

 

 

ENFERMEDADES ESPIRITUALES

En este estudio realizado por Mariana Caplan se profundiza la forma en que nuestras visiones, perspectivas y experiencias se infectan de contaminantes conceptuales y como somos afectados de una forma invisible al igual que con una enfermedad. Son 10 categorías que sirven como herramientas para poder detectar la transmisión de estas denominadas “enfermedades espirituales”. Ha sido adaptado ya que no pertenece al ámbito del Cuarto Camino, sin embargo lo considero de vital relevancia ya que amalgamado con la entrada “8 Trampas del Pseudo Trabajo”, forman un cuadro útil para todo aquel en vías de despertar, no sólo como espejo de discernimiento de la veracidad de su propio proceso interno, sino también como una visión general de la espiritualidad actual.

 

1. Espiritualidad “Fast-Food”: Mezcla de la espiritualidad con la cultura que celebra la velocidad, el multitasking y la satisfacción de deseos instantánea. La espiritualidad “Fast Food” es un producto de la fantasía de que el alivio del sufrimiento de la condición humana va a ser rápido o fácil. Si algo esta claro es que la transformación espiritual no puede suceder rápidamente.

 

2. Espiritualidad Falsa: La espiritualidad falsa es la tendencia de hablar, vestirse y actuar como uno imagina que una persona espiritual lo haría. Es una forma de imitación espiritual que intenta copiar la realización espiritual de la misma forma que una tela de manchas de leopardo imita la piel genuina del leopardo.

 

3. Motivaciones Confusas: Aunque nuestro deseo de evolucionar sea genuino y puro, a veces se mezcla con motivaciones más crudas, como el deseo de ser amado, el deseo de pertenecer, la necesidad de llenar nuestros vacíos internos, la creencia de que el camino espiritual nos va a librar del sufrimiento y la ambición espiritual, el deseo de ser especial, de se mejor que, de ser “el elegido”.

 

4. Identificación con las Experiencias Espirituales: En este caso, la enfermedad, el ego se identifica con la experiencia espiritual y la toma como si fuera de él, entonces empezamos a creernos que somos la manifestación de aquello que hemos experimentado algunas veces. En la mayoría de los casos, las experiencias no duran indefinidamente, aunque en algunos dure por un período más largo por el hecho de que se creen iluminados, o que deben de funcionar como maestros espirituales.

 

5. El Ego Espiritualizado: Esta enfermedad ocurre cuando la misma estructura egoica se mezcla profundamente con conceptos espirituales o ideas espirituales. El resultado es una estructura egoica a “prueba de balas”. Cuando el ego se espiritualiza, nos volvemos invulnerables a cualquier tipo de ayuda, a nueva información, o a una crítica constructiva. Nos volvemos así impenetrables y echamos a perder cualquier posibilidad de crecimiento espiritual, en el nombre de la misma.

 

6. La Produccion Masiva de Maestros Espirituales: Existe un gran número de tradiciones espirituales “de moda” que están produciendo personas que creen que han llegado a un nivel de iluminación espiritual, o maestría, mucho más allá de su nivel real. Esta enfermedad funciona como una banda de producción en serie; sigue esto, comprende aquello y ¡bam! estas listo para la iluminación y listo para iluminar a otros. El problema no es que estas personas instruyan, el problema es que se representen como si hubieran alcanzado la maestría.

 

7. Orgullo Espiritual: El orgullo espiritual surge cuando el practicante, por años de haber estado trabajando y haciendo esfuerzos, ha llegado a adquirir cierto nivel de sabiduría y utiliza ese mismo logro para cerrarse a nuevos rumbos de experiencia. Un sentimiento de “superioridad espiritual” es otro síntoma de esta enfermedad. Se manifiesta como un sentimiento de “Soy mejor, más sabio y superior a los demás por que soy espiritual”.

 

8. Mente de Grupo: También descrita como pensamiento de grupo, mentalidad de culto, o enfermedad de ashram, la mente grupal es un virus insidioso (oculto) que contiene muchos elementos de co-dependencia tradicional. Un grupo espiritual hace acuerdos inconcientes de como es la forma correcta de pensar, de hablar, de vestir y de actuar. Individuos y grupos infectados de este virus grupal rechazan individuos, actitudes y circunstancias que no pasan en las reglas no-escritas a las que se somete el grupo en colectivo.

 

9. El Complejo de los Elegidos: Es la creencia de que “Nuestro grupo está espiritualmente mas evolucionado, es más poderoso, más iluminado, o simplemente, mejor que todos los demás.”  Aquí hay que hacer una distinción importante entre saber que uno ha encontrado el camino correcto, el maestro correcto, o la comunidad correcta, que es diferente a suponer que hemos encontrado al “Elegido”.

 

10. El Virus Mortal: “Ya He Llegado”: Esta enfermedad es tan potente que tiene la capacidad de terminar con nuestra evolución espiritual. Esta es la creencia de que “ya hemos llegado” a la meta final del camino espiritual. Nuestro progreso espiritual termina cuando esta creencia cristaliza en nuestra psique, por que en el momento en que empezamos a creer que hemos llegado al final del camino, toda posibilidad de crecimiento termina.

 

Extractado por Alfredo Marinelli para el blog: Gurdjieff y Ouspensky – Estudio e Investigación. Fuente de Información “Eyes Wide Open: Cultivating Discernment on the Spiritual Path.

http://gurdjieffouspenskyestudios.blogspot.com.ar/2012/10/enfermedades-espirituales.html

DATOS DEL LIBRO:

Eyes Wide Open

Cultivating Discernment on the Spiritual Path

Mariana Caplan

Paperback Book / K1381

ISBN: 978-1-59179-732-6

UPC: 600835-138185

U.S. $18.95 / 328 pages

Spirituality

Pub. Date: October 2009