La vida es real sólo cuando Yo Soy; Gurdjieff.

UN CORAZON SIN MEDIDAS

Observaciones de la señora de Salzmann

Observaciones de la señora de Salzmann del libro Un corazón sin medidas

Significado y sentido de la vida

* Levantate Humanidad  ALGO MAS QUE CAMBIOS EN LA TIERRA - CAMBIOS EN EL SER.3Nada dura por mucho tiempo. Uno tiene que comenzar una y otra vez. Hay estas dos fuerzas, la de

arriba y la de abajo. Una viene de encima de la cabeza, la otra del cuerpo. Uno necesita el cuerpo y él

es importante, pero el cuerpo no debe ser el que mande. Él no tiene sentido por sí mismo. Existe para

algo diferente.

Hay tres fuerzas: la del cuerpo, la de la mente y la del sentimiento. A menos que estén juntas,

desarrolladas equitativamente y en armonía, no se puede efectuar una conexión estable con una fuerza

superior. Todo en el Trabajo es una preparación para esa conexión. Este es el propósito del Trabajo. La

energía superior lo quiere, pero no puede descender al nivel del cuerpo a menos que uno trabaje. Sólo

trabajando puede uno cumplir su propósito y participar en la vida del cosmos. Esto es lo que puede dar

significado y sentido a su vida. De otro modo, usted existe sólo para sí mismo, egoístamente, y su vida

no tiene sentido.

*Aunque sea un poco, siempre intente algo. No esté en reacción. Cuando hable, camine o haga algo,

mantenga una pequeña sensación. Esta área [señalando al abdomen] es especialmente importante. Es

importante no tener tensión allí.

Todos están aprisionados en sus posturas físicas y actitudes, y en las consiguientes posturas

emocionales y mentales. Es necesario encontrar una manera de ser que nos libere de esta limitación. Es

necesario encontrar una conexión con la energía superior.

Las ideas son necesarias, de otro modo uno está atrapado por las impresiones, pero ellas no son

suficientes por sí mismas. Uno debe tener una acción.

Es necesario enfrentarse a la idea de que la Tierra caerá si no trabajamos. Esto ayudará a su trabajo y

le ayudará a comprender que su trabajo es necesario.

La energía que viene de lo alto es el segundo cuerpo. Puede sentirse en todo el cuerpo.


El trabajo con la señora de Salzmann

S

Jeanne de Salzmann, al cumplir 100 años

El hombre tiene una función especial que otras criaturas no pueden cumplir. Puede servir a la Tierra al convertirse en un puente para ciertas energías superiores. Sin esto, la Tierra no puede vivir de la manera adecuada. Pero el hombre, tal como es por naturaleza, está incompleto. Para cumplir la función que le es propia necesita desarrollarse. Hay una parte en él que está insatisfecha con su vida. A través de las tradiciones religiosas o espirituales puede llegar a darse cuenta de lo que esa parte necesita. Jeanne de Salzmann

Un corazón sin medida 

Ravi Ravindra

Quedarse enfrente

…Reflexioné largo tiempo sobre lo que yo quería, pero no estaba claro para mí. ¿Cuál era mi

aspiración? Quiero saber si hay un propósito para mi existencia aquí en la tierra, saber lo que se pide de mí y tratar de realizarlo. Algo que está llegando a ser bien claro es que necesito cambiar radicalmente,

experimentar una metanoia, volverme hacia dentro, hacia lo que es real y esencial. ¿En cuál estadio de mi vida me habré vuelto tan viejo copio para tomarme el mundo tan en serio?

Mi llegada a París no pudo ser más inoportuna. A causa de un feriado religioso, todo estaba

cerrado, hasta la Maison. Empece a sentir mucha lástima de mí mismo por mi piala suerte. Pero es increíble cuan poco sabe uno lo que realmente es bueno para sí. Parece difícil permitir que las fuerzas ayuden. Yo siempre intervengo, pensando que sé más. En realidad las vacaciones terminaron pueden ser de gran ayuda: pude ver a la señora de Salzmann en seguida ya que no estaba tan ocupada como de costumbre con las reuniones y otras actividades en la Maison.

La señora de Salzmann parecía contenta del esfuerzo que había hecho sólo en llegar hasta allí y en tratar de aprender algo de francés. Le interesó el hecho de que antes de ir a verla había estado en la Alianza Francesa y me había matriculado para cuatro horas diarias de francés. Me dijo: “\Me doy cuenta de cómo hace usted las cosas”. Ahora que sabía que no hablaba francés, me dijo que en las reuniones podría preguntar en inglés.

Tres días después de haber llegado a París recibí un telegrama que la señora de Salzmann me

había enviado a Canadá y que me había sido remitido desde allá. Decía: “Si usted no habla francés, será difícil. Venga por unos pocos días y veremos. Afectuosamente, Jeanne de Salzmann”. Menos mal que nunca recibí ese telegrama antes de viajar.

Había llegado a París con toda clase de reservas. La gente en Nueva York me había dicho que

los franceses no eran nada cálidos con los extranjeros. Esa no ha sido mi experiencia. Ni ha sido así en mis viajes anteriores. He recibido mucho más de lo que me hubiera atrevido a esperar o a imaginar. La señora de Salzmann me recomendó que participara en todo: las clases de movimientos, las reuniones de grupo, las sesiones de meditación. Me sugirió que me reuniera con toda la gente mayor en el Trabajo.

Además, quería verme ella misma a menudo.

Almorcé con la señora de Salzmann y con Michel al día siguiente. Me impresionó el hecho de

que ella comiera muy liviano. Hablamos acerca de muchas cosas, incluso de Krishnamurti, a quien ella apreciaba mucho y consideraba un ser humano excepcional. Le dije que a mí Krishnamurti me resultaba demasiado santo. Y que lo que me había interesado de la enseñanza de Gurdjieff era que él incluía todo, hasta el Diablo.

Hay algo tan enteramente razonable, normal y digno de amor en la señora de Salzmann!

Desborda de amor, pero no hay en ello nada sentimental. Tiene un enorme sentido común y tiene sitio para todo y para todos -en su debido lugar-. Krishnamurti, en cambio -indudablemente un ser muy elevado- parecía tan correcto, tan bueno, casi un santo. Para él, era obviamente cuestión de principio insistir en que los procesos deben ser excluidos, en que las tradiciones no son sino trampas, en que el pensamiento en todos los niveles engendra miedo, en que uno no debe tener nada que ver “con dinero, sexo y todo eso”. Le conté a la señora de Salzmann sobre una conversación que tuve con Krishnamurti.

Yo le había dicho a él que de la misma manera que un buzo necesita ser lastrado con algún material pesado para poder llegar más profundo en el océano, él debería usar un cinturón de plomo a fin de bajar hasta nuestro nivel; de lo contrario, su extrema liviandad le impide ponerse en contacto con nosotros, en la Tierra. El me preguntó: “¿Qué quiere usted decir? ¿A qué tipo de cinturón se refiere? Y yo le contesté: “Krisnaji… un poquito de carne y de sexo”.

Le pareció graciosa mi observación, pero se negó a entrar en esa discusión y me dijo: “Usted es demasiado inteligente para su propio bien”.

La señora de Salzmann fue generosa como siempre al decir: “Usted puede darse cuenta de la

libertad interior que tiene Krishnamurti. Pero él no tiene una ciencia del ser. El señor Gurdjieff nos trajo una ciencia del ser”.

Delante de la señora de Salzmann, Michel dijo: “Por lo que a mí concierne, el mejor consejo que puedo darle es quedarse en el darshana de mi madre tanto como le sea posible”. Me impresionó su uso de esa palabra en sánscrito, comúnmente usada y comprendida en la India. Me estaba recomendando permanecer bajo su mirada, en su presencia, ponerme bajo su amparo.

Después del almuerzo, la señora de Salzmann y Michel encendieron sus cigarrillos. Ella me

ofreció uno, pero yo le dije que no fumaba. Con una mirada de lo más malvada y traviesa, me preguntó:

“Y usted, monsieur, cuál es su debilidad?”

En mi rechazo del cigarrillo debió haber algún sentimiento de “soy-más-santo-que-tú”. Su

sonrisa podría haber desconcertado al más pío de los santos. Me reí y le pregunté si debía hacer un catálogo de mis pecados. No era más que una broma bienintencionada. Me ofrecí para cualquier tarea que hiciera falta: lavar los platos, escribir a máquina… lo que fuera. Michel dijo que encontraría algo para mí.

Más tarde, de vuelta en el lugar donde estaba alojado, resolví fumar de vez en cuando. A pesar de lo mucho que detestaba el cigarrillo, estoy seguro de que sería peor ser un santurrón.

La señora de Salzmann me preguntó sobre qué estaba trabajando. Ya lo había hecho antes. Le

dije que estaba tratando de observar mi respiración y también de hacer algunos ejercicios respiratorios regularmente. Me pidió que le mostrara esos ejercicios. Lo hice. Cuando le pregunté si era deseable continuar con ellos, me dijo: “No lo llevarán muy lejos, pero no le harán ningún daño. Si los encuentra útiles, hágalos”.

Le dije que deseaba comprender de manera concreta las grandes ideas del Trabajo. Las conozco, pero no conozco la realidad que está directamente tras ellas. Me sorprendí hasta cierto punto oyéndome decir: “Je ne les conais pas directement, immediatement.” (No las conozco de manera directa, de manera inmediata).

Le dije que algunas veces, en la enseñanza o en la reunión de grupo, vuelvo a la vida, y a

menudo me sorprendo por lo que digo. Me dijo: “Es necesario tener esa relación. En esas situaciones, ella establece la conexión”.

“Las ideas son necesarias. Durante años, el señor Gurdjieff trabajó sobre las ideas con

Ouspensky. En un momento dado, cambió hacia el trabajo directo. Ouspensky seguía queriendo ideas y explicaciones y Gurdjieff se negaba. Esa es la razón en parte de que Ouspensky se alejara. Es necesario ahora trabajar directamente a fin de conectar la mente y el cuerpo”.

Esto es algo sobre lo que ella ha estado insistiendo y yo debo tratar de comprenderlo en la

experiencia. Ella dijo: “No puedo hacerlo pero tengo que tratar. Si no se hace una conexión, quédese enfrente de la falta de conexión. Es necesario conocer esta carencia. Yo no puedo hacerlo, pero puede hacerse en mí. Y tengo un papel que desempeñar”.

“La Tierra está en intercambio con niveles más altos de existencia. Para esto se requiere de un

instrumento. La humanidad es ese instrumento. Este intercambio no es automático; requiere trabajo”.

En una reunión de grupo la señora de Salzmann puso gran énfasis en la participación activa.

Sentí claramente que esto era muy importante. Veo mi enorme pasividad. Actúo como si yo no tuviera ninguna responsabilidad real por mi propia evolución, como si fuera una cuestión de gracia que tengo de alguna manera garantizada. Ella dijo que el señor Gurdjieff había traído una ciencia del ser, pero veo que algo en mí no acepta el hecho de que hay leyes exactas de evolución espiritual. Sigo soñando y esperando que la ley no se aplique a mí, de que pueda ganarme una lotería espiritual y despertarme en un nivel más alto.

Tengo una imagen recurrente de la señora de Salzmann exhortando, cuestionando. ¿Se trata de mi propia conciencia?, ¿de mi otro yo? Aparte de tener una sensación más clara de mi cuerpo, me parece que nada cambia, que nada sucede, que nada se hace. Paso la mayor parte de mi vida en una especie de somnolencia en la que nada está claro y nadie se distingue nítidamente. Es como si no estuviera vivo para nada ni para nadie, ni siquiera para mí mismo. Tengo el sentimiento definido de que nada cambiaría en mí, ni siquiera si alguien muy cercano muriera. Sin duda que me dolería. Expresaría un duelo y todo eso, pero no habría un cambio radical. El asunto es que frente a la muerte o frente a la vida, al éxito o al fracaso, no me siento realmente vivo y presente al momento. No estoy conectado con lo que está sucediendo. Es como si todo esto le sucediera a otro. El hecho de ser una criatura mortal que lenta, pero inevitablemente está muriendo, no parece impresionarme. Soy como un hombre borracho que pasa frente a alguien que grita pidiendo socorro; el hombre se detiene por un momento, siguiendo cierto reflejo, y mira fijamente el origen de aquel sonido, sin comprender; entonces, se queda allí o sigue su camino, sin saber lo que está haciendo, ni por qué lo hace.

Pareciera que no tengo idea de cómo hacer un esfuerzo. Todo lo que aprendo de cualquier

esfuerzo es que no soy capaz de hacer un esfuerzo. Actúo como si me pareciera muy bueno que otro viniera y tomara el mando y la responsabilidad de mi vida. ¿Quién lo haría?, ¿por qué? Además, ¿dejaría yo que alguien lo hiciera?, ¿soy capaz de seguir instrucciones?, ¿de obedecer?, ¿dejaré que algo venga a perturbar mi comodidad?

Durante una reunión de grupo en Nueva York, la señora de Salzmann me preguntó por qué yo

no hablaba. Dije -y ya lo había pensado antes, estaba preformulado que siempre que ella hablaba, todo estaba muy claro para mí, pero más tarde, cuando estaba solo, nada estaba claro. Todos rieron y ella dijo que eso no era completamente cierto. Haciendo un gesto con todo el cuerpo, dijo que de una u otra manera yo siempre me las arreglaba. La señora Welch dijo entonces que yo era muy inteligente.

Después de una pausa, como si se dirigiera a todos, dijo: “Hablen ahora. Si se atreven, tal vez puedan encontrar algo acerca de su rasgo principal”.

Tuve la sensación de que había algo que podía ver; pero no lo veía claramente. Tal vez sólo esto: de alguna manera yo me las arreglo para escurrir el bulto y salir airoso de cualquier situación –con palabras y con ideas- a fin de evitarme el ver. Hay un miedo de ver mi propia verdad.

La señora de Salzmann puso mucho énfasis en la atención. La atención es todo lo que tenemos; es decir, la atención es todo lo que somos capaces de aportar. Lo demás está fuera de nuestro control.

Lo que tenemos que exigirnos es atención. No sólo tenemos que prestar atención, sino también pagar con nuestra atención.

La señora de Salzmann reiteró la necesidad de establecer una conexión entre los centros, no sólo como una idea, sino como una experiencia. Ella dijo: “Incluso con una mente excelente, un cuerpo sensible y unos muy buenos instintos, se necesita una conexión entre la cabeza y el cuerpo. Ninguno de los dos debe ser más fuerte que el otro. Deben tener igual fuerza. Entonces, el sentimiento aflorará”.

“Traten por algún tiempo. Quédense frente al hecho de que no están conectados. Traten de

nuevo después de tres o cuatro horas. La voluntad y una iniciativa activa son necesarias”.

Dije que algunas veces siento la necesidad de una fuerza exterior; como si necesitara a otro que me disciplinara por la fuerza.

Ella dijo: “Si es necesario, aplíquese un castigo, o prívese de algún placer”.

He pensado algunas veces en castigar el cuerpo o privarlo de algún placer, pero algo en mí se las arregla para justificar el no hacerlo. Me doy cuenta de que hay una enorme posibilidad de autoengaño y autojustificación que surge del ensueño constante. Necesito luchar contra mi pasividad -tanto de la mente como del cuerpo- y recordar su indicación: “Quédense frente al hecho de que no están conectados. La voluntad y una iniciativa activa son necesarias”.

Nueva York, 1973-79; Halifax, marzo de 1980; París, mayo de 1980.