La vida es real sólo cuando Yo Soy; Gurdjieff.

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EL TRABAJO INTERIOR-Henriette Lannes

Henriette Lannes nos habla…

Nos habla del hombre, del estado del ser humano, que ha perdido el vínculo esencial con aquello que le da un sentido real a su vida. Cuando ese sentido ya no existe, el ser humano se sumerge en lo que el mundo actual le propone y le impone para encontrar, según dicen, la felicidad.

henrietEL TRABAJO INTERIOR

Siempre hay algo que nos engaña o bien algo por lo que nos dejamos engañar. ;El caso más grave es que me creo alguien! Pero, en realidad, ¿quién soy? ¿Qué es yo? ¿Qué es yo soy?

Nuestra atención debe aprender a concentrarse en estas preguntas. Si no tengo un interrogante que se refiera a mí, hay pocas posibilidades de que experimente la necesidad de trabajar.

Ante todo, debe percibirse y escucharse un interés sincero por nosotros mismos. La mayor parte del tiempo no sabemos quiénes somos ni lo que somos, y por eso vamos a consultar a cartománticas y grafólogos.

Las preguntas verdaderas sólo pueden formularse en un medio que vive con un mínimo de palabras, sin complicaciones. Tal como soy, el yo’ verdadero no existe.

Si lo siento, ¿cómo no olvidar esta impresión? 4

 ¿Cómo aprender a desconfiar del usurpador que vive en posibilidades de inteligencia, de verdad nos son reveladas. mí, que se apodera de mi vida, que la vive en mi lugar? Pero es indispensable permanecer vigilantes pues también entonces se mecaniza esta búsqueda interior y realizar un trabajo falso. 

Cada uno puede dar un contenido diferente a la palabra “Trabajo”. Nuestra atención es débil y se desvía fácilmente. Entonces somos nuevamente atrapados por las redes de nuestra imaginación.

En lo que nosotros llamamos nuestra vida, sentimos una multitud de dificultades ligadas a alegrías y penas más o menos grandes.Debemos relacionarnos continuamente con algo más real en nosotros.

En ningún momento comprendemos verdaderamente lo que nos sucede. A veces somos sensibles a las numerosas contradicciones que existen en nosotros y a nuestro alrededor. Trabajar es tratar de entrar en contacto con el desconocido que soy. Cuando tenemos, aunque sea de manera relativa, conciencia de este estado de cosas, ése es el comienzo del Trabajo. Una gran parte, en nosotros, no tiene ganas de estar en esta situación; sin embargo, recibirnos un llamado interior para abrirnos a ella, para “trabajar”. Cuanto más cuenta nos demos de ello, mejor para nosotros. Hay que regresar incesantemente a nuestra necesidad de conocernos y no dejar que todo se degrade con los yo no quiero… yo no puedo. Debemos aprender a deshacer esas artimañas.

Tal vez veamos que el sueño crea el sueño, y que la masa del sueño y el estado negativo que hay en nosotros pueden aumentar cada día.

Cuando trabajamos, percibimos la importancia, el lugar del trabajo en nosotros mismos. Él representa cada vez más la posibilidad de tener la experiencia de encontrarse uno mismo.

Descubrimos que este encuentro en el seno de nuestra propia vida es más precioso que todo el resto. 

Henriette Lannes

4- Este texto se encuentra en el libro Gurdjieff: Textos compilados por Bruno de Pana/len, A. C. Editorial Ganesha, Caracas, 1997, pp. 428-430

5 G. I. Gurdjieff, Relatos de Belcebú a su nieto, Libro Tercero, A. C. Editorial Ganesba, Caracas, 2001, pp. 422.421.


NACIDO BUSCADOR- TRACOL H.

El hombre ha nacido buscador… Por su sensibilidad natural a las vibraciones de un vasto campo de impresiones, ¿no está abocado a un perpetuo asombro? Llamado por necesidad a seleccionar entre esas impresiones las que se prestan a una asimilación consciente -y por eso mismo a aproximarse a una percepción auténtica de su propia identidad- ¿no está destinado a interrogarse sin descanso?  Tal es su verdadera vocación, su derecho de nacimiento. Puede olvidarlo, negarlo, enterrarlo en las profundidades de su ser inconsciente; puede separarse, hacer mal uso de ese don escondido, y alejarse cada vez más de la realidad; puede incluso intentar persuadirse de que ha alcanzado de una vez por todas las orillas de la Verdad Eterna. Qué import

a, esa llamada secreta permanece viva, incitándolo en lo más profundo de sí mismo a intentar, intentar cada vez más intensamente comprender el significado de su presencia sobre la tierra. Pues él está aquí para despertarse, para recordarse y para buscar, una y otra vez.  ¿Buscar qué? se preguntará. A buen seguro debe tener una meta definida, un designio, un objetivo a alcanzar en el momento oportuno. ¿Los representantes de la ciencia moderna no nos han advertido -por lo general- que a su vez: “Si no sabes lo que buscas, no sabrás nunca lo que de hecho has encontrado.”? Pues según ellos, lo que es matemáticamente previsible debe siempre prevalecer sobre el desafío lleno de promesas de la incertidumbre. Pero ninguno de ellos os escuchará si os atrevéis a insinuar que “saber de antemano” condena inevitablemente a no “encontrar” nada. En verdad no se puede escapar al viejo espanto de la “quididad”(1) más que a condición de recordar las palabras de Scot Erigène: “Dios no sabe lo que es, ya que El no es para nada algo.” No puedo evitar evocar aquí mi último encuentro con un amigo de cierta edad que estaba a punto de emprender lo que, sentía él, iba a ser su último viaje a los Santos Lugares y a donde los sabios de Oriente. Al despedirme le dije: “Te deseo que encuentres allá lo que buscas”. Con qué sonrisa apacible me respondió inmediatamente: “Puesto que en realidad no busco nada, quizás lo encontraré…”

Desembaracémonos inmediatamente de un posible malentendido y digámoslo bien claro: ningún conocimiento real puede ser alcanzado por simple efecto del azar. Tal es el poder de fascinación de la existencia y de sus ilusiones pasajeras que nuestro interés se desvía sin cesar de la inmediata percepción de lo esencial. Dejarse arrastrar por “visiones” y “descubrimientos” persuasivos, por seductores que sean, o ceder al encanto de lo que se llama “la búsqueda por la búsqueda”, es simplemente complacerse en un sueño despierto, una forma de auto-tiranía totalmente incompatible con las necesidades objetivas del hombre.

¿Entonces cómo emprender una búsqueda auténtica? En lugar de someterse de golpe a la llamada de una “vía” particular, se debería de entrada esforzarse con humildad hacer sitio a algunas de las exigencias requeridas para empezar con buen pie.  El primer paso, lo esencial, ¿no es un acto de reconocimiento: reconocimiento de la imperiosa necesidad de la búsqueda misma, de su prioridad, de su urgencia para aquel que aspira a despertarse y a asumir tan plenamente como sea posible su existencia interior y exterior?  Cada vez que un hombre se despierta, se despierta de una presunción: la de haber estado siempre despierto, y por lo mismo ser dueño de sus pensamientos, de sus sentimientos y de sus acciones. Es en aquel momento que se da cuenta -y aquí está el lado sombrío de esta toma de conciencia- de su profunda ignorancia de sí mismo, y hasta qué punto sigue bajo la estrecha dependencia del tejido de relaciones por el cual existe, perpetuamente a merced de la menor sugestión que surge en él en un momento cualquiera.  Puede también despertarse -aunque no sea más que por un instante- a la luz de una conciencia más alta, permitiéndole entrever el mundo de posibilidades escondidas al que pertenece por esencia, ayudándole a sobrepasar sus propios límites y abriendo la vía a la transformación interior.

En el instante mismo la llamada de la búsqueda resuena en él y la esperanza nace en su corazón. ¡Pero desgraciado de él si se cree a salvo en adelante! La visión no dura -quizás no está hecha para durar- y se encuentra con la impresión vertiginosa de zozobrar una vez más en el torbellino irreversible de sus propias contradicciones.  Sintiéndose perdido, puede perderse aún más en su búsqueda por reencontrarse; experimentando su ceguera, puede acrecentarla esforzándose por ver; tomando conciencia de su esclavitud, puede dejarse encadenar más estrechamente aún por su búsqueda de libertad. Hasta que de pronto se despierta de nuevo, y todo el proceso vuelve a comenzar. A la larga, de esfuerzo en esfuerzo y de fracaso en fracaso, puede que consiga al fin reencontrarse para asumir el papel preciso que le corresponde en este drama desconcertante.

Cada vez que un hombre se despierta y recuerda su meta, al mismo tiempo que a este milagro efímero, él se despierta a un enigma insoluble. Se da cuenta por momentos de que a fin de despertarse estaba condenado al sueño, de que a fin de recordarse estaba condenado al olvido. Tal es la ley de esta situación equívoca: sin sueño no hay despertar, sin olvido no hay recuerdo. Desde entonces, si se obstina en buscar lo que está más allá de la ambivalencia, descubrirá lo que no era más que otro fantasma. De hecho hay, y siempre ha habido, una secreta continuidad en su ser, que está en parte reflejada en la estructura inmodificable de su cuerpo y la actividad cíclica de sus funciones. Pero en un mundo de energías en perpetuo movimiento, una continuidad tan relativa no puede ser nunca asimilada la inmutabilidad. La ley de la existencia humana es: devenir o morir. Si un hombre debiera permanecer para siempre inmóvil y fundirse en la eternidad, su presencia sobre la tierra casi no tendría sentido ya.

Tal es la verdadera condición humana: su aceptación lúcida y total se revela indispensable. Sólo ella puede ayudar al verdadero buscador a reafirmar su determinación interior. Debe estar dispuesto a adaptarse a una realidad constantemente cambiante, dispuesto a acomodarse a la ley de la alternancia y de los vuelcos sucesivos del destino, dispuesto a conformarse a todo lo que pueda presentarse de favorable o de hostil, dispuesto a rechazar todo deseo ilusorio y a no contar con resultado ni recompensa.  Tarde o temprano deberá intentar no solamente aceptar los riesgos, sino responder al desafío con conocimiento de causa y exponerse él mismo al peligro. Es solamente entonces cuando responderá verdaderamente a la llamada. Lejos de abjurar de las revelaciones recibidas a través de enseñanzas que ha podido encontrar anteriormente, tratará de “verificarlas” -es decir, experimentarlas como verdades para él mismo, aquí y ahora. Una participación consciente en lo que para él es la evidencia misma, tal es la meta de aquel que busca sinceramente: meta tan próxima y al mismo tiempo tan lejana, meta que le es continuamente ofrecida y continuamente retirada- y eso a fin de que pueda continuar buscando. Para un hombre, buscar es una tarea sagrada, que se sitúa mucho más allá de sus esperanzas y de sus gustos personales. Si él le da su asentimiento y si se esfuerza con perseverancia por cumplirla, experimentará que su búsqueda corresponde verdaderamente a la vez a sus necesidades esenciales y a sus capacidades propias.

Paciencia -mucha paciencia. Aguante y determinación, vigilancia y prontitud, disponibilidad y flexibilidad consciente: todas estas cualidades le son indispensables. Quizás llegará un momento en que se dará cuenta de que para desarrollar sus posibilidades latentes tiene necesidad de un guía y de un apoyo. Liberado de toda pretensión de ser “alguien que sabe”, se pondrá deliberadamente bajo la autoridad de un Maestro. ¿Para recibir su enseñanza y seguir sus directrices? Sí, y lo que es más, para recibir y estudiar la manera en que el Maestro se comporta en la vida y con los demás, para observar cómo transmite su comprensión por su propia conducta y por el tono de su voz, y finalmente para ser capaz de recibir plenamente su mirada silenciosa.  Sometiéndose a tal aprendizaje el buscador se libera progresivamente de sus prejuicios y se hace sensible a una multitud de manifestaciones o testimonios de búsqueda donde quiera que los encuentre -y esto cualquiera que sean las aparentes contradicciones que descubra entre sus respectivas formas- pues sabrá reconocer que todas se refieren a ese mismo desconocido al que él mismo se siente ligado. Dicho esto, se puede preguntar por qué el elocuente dibujo de Sengaï ha sido elegido como motivo para este libro 2.  ¿Esta pintura zen no parece como un gesto de desembocadura a la que debió ser para el artista la búsqueda de toda una vida? No podemos dejar de representarnos a Sengaï preparándose, meditando horas en una calma perfecta; después, una vez la tinta lentamente removida y diluida con cuidado, el pincel que se levanta, queda un momento suspendido en el aire como un águila observando su presa, y de un solo golpe he aquí: círculo, triángulo, cuadrado.  ¿Pero qué especie de geómetra es entonces este hombre? ¡Mirad un poco su “cuadrado”! ¡La imprecisión de las líneas, la palidez de la tinta!Pero con toda evidencia Sengaï no le importa, la preocupación ordinaria de exactitud no es de su competencia. Con toda evidencia él está  más interesado por la relación interna entre los tres símbolos,  y por la manera en la que se engendran uno a otro. Su sucesión es en sí misma un enigma. Si le prestamos atención, comprendemos que el movimiento se desarrolla naturalmente de derecha a izquierda. Siguiendo el trazo del pincel cerramos el círculo, lo abandonamos por el triángulo y finalmente desaparecemos en el último toque del cuadrado. Para nosotros, aceptar esta interpretación del orden de sucesión puede resultar difícil, pues según nuestro sistema occidental de asociaciones nosotros lo vemos automáticamente desarrollarse de izquierda a derecha… Así es como nosotros estamos habituados a “leer” las cosas, a progresar hacia el punto final y el cierre del círculo. Existen de hecho indicaciones pertinentes sobre la intención probable de Sengaï. El profesor D.T. Suzuki, eminente autoridad en materia de budismo Zen, propone esta interpretación: el circulo representa lo “sin forma”, la vacuidad, el vacío donde no hay aún ninguna separación entre la luz y las tinieblas; el triángulo evoca  el nacimiento de la forma a partir de lo “sin forma”; y el cuadrado, combinación de dos triángulos opuestos, representa la multiplicidad de las apariencias. Del Uno sin límites a la inagotable variedad de formas en las que se divide, del secreto de la Esencia a la Manifestación siempre proliferante, tal es el misterio de la Creación involutiva. ¿Pero debemos verdaderamente contentarnos con la visión maravillosamente concisa de Suzuki como la única digna de fe? A menos que por esta aquiescencia demasiado fácil no traicionemos a la vez, en un sentido, la pintura y la interpretación. Más valdría mantener nuestro espíritu abierto al flujo de las sugestiones venidas de otras fuentes, por ejemplo a la cuadratura del círculo de los alquimistas, o incluso a aquellas que pueden surgir de nuestras profundidades más íntimas, guardándonos de sucumbir a la seducción de ninguna de ellas.

¿Estamos dispuestos ahora a superar la peligrosa fascinación de las contradicciones aparentes? Reflexionemos en el orden que ha sido adoptado para las tres partes de Búsqueda y en la manera en que han sido concebidas para armonizarse a la composición de izquierda a derecha del motivo. Aquí, de nuevo, la ley de alternancia se nos impone, pues es tiempo ahora de remontar a la fuente. Exiliados sobre este lejano pequeño planeta donde nuestra única opción posible de supervivencia exige las defensas protectoras de la estabilidad material -cuadrado-, debemos hacer laboriosos esfuerzos para encontrar orientación, ayuda y método -triángulo-, hasta el momento en que estemos dispuestos para la última búsqueda: el retorno al origen, al comienzo -círculo-, de donde… pero esta es otra historia -o, mejor dicho, la misma historia siempre recomenzada.  El buscador nato no puede escapar al laberinto. Quizás comprenderá que él mismo es el laberinto y que ninguno de los fracasos, ninguna de las “respuestas” que se presentan a lo largo del camino lo detendrán jamás en su progreso hacia el centro de su propio misterio. Lejos de intentar sustraerse al desafío cultivará la esperanza de llegar a ser cada vez más capaz de responder a él: sólo esto dará un   sentido a su búsqueda.

Henri Tracol 

1.Quididad, es la traducción al castellano del latín “quidditas” o “quiditas”, la cual a su vez proviene del latín “quid”, ¿qué es?, ¿qué cosa?, o de manera indeterminada: “algo”. En ocasiones se latiniza también como «quiddidad». Enfilosofía, el término quididad, fue usado dentro de la escolástica medieval por Santo Tomás de Aquino, quien en el siglo XIII, le otorgó la acepción de sinónimo de esencia, de naturaleza. 2. Es el dibujo que se reproduce al principio de este texto.

Traducido y extractado por Javier Encina de “Search”, Introducción a Búsqueda. Serie de estudios publicados bajo la dirección de Jean Sulzberger. Harper & Row, New York, London, 1979.

Colaboración para el blog: Gurdjieff y Ouspensky – Estudio e Investigación.


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ÉL Y SUS IDEAS FORMABAN UN TODO. Henriette Lannes

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CONFERENCIA

Él,  y sus ideas

 formaban un todo  

Transcripción de una conferencia de la Sra. Lannes

Londres, 29 de Octubre de 1957

Cuando las ideas de la enseñanza del señor Gurdjieff me fueron expuestas por primera vez, por la señora de Salzmann, aún no se había publicado nada y el nombre de Gurdjieff me era totalmente desconocido. En aquel momento, yo no buscaba un Maestro, aunque me había planteado muchas preguntas: no podía pensar que una enseñanza real y un verdadero maestro pudiera existir, no creía que eso fuera posible en nuestros días.

Cuando las recibí, el impacto de esas ideas me redujo al silencio. No podía apartar mi mente de ellas. Me perseguían día y noche. Sentía que eran verdaderas.

Me encontraba aún en esa conmoción, cuando fui presentada al señor Gurdjieff. En aquella ocasión quedé totalmente desconcertada. Lo que sentí, evidentemente, fue el impacto de su fuerza tranquila y controlada, y sin embargo casi intimidante y, más que todo, la fuerza de su presencia total, una presencia que uno sentía que se prolongaba hasta la punta de sus dedos. Ella daba sentido a todos sus movimientos que parecían mucho más vivos que los nuestros. Vivos como los de un gato o los de un tigre. También sentí con fuerza su inmensa generosidad: una generosidad de la cual se puede decir que era más que humana.

Tomé entonces conciencia de una enorme barrera, de una separación increíble. Él estaba allí, yo estaba allí, y entre nosotros había un abismo infranqueable. No podía ni

relacionarme con él, ni relacionarlo con sus ideas; todo me parecía desunido, separado.

Una ley se manifestaba allí, sin duda, pero me era casi imposible aceptarlo. Y sin embargo, es a partir de esa primera noche que, semana tras semana, regresé a verlo e intenté trabajar con él; con la ayuda de la señora de Salzmann, sin la cual nada hubiera sido posible para mí, y probablemente para ninguno de nosotros en París.

Ése fue el comienzo de una serie de nuevas experiencias interiores muy fuertes, muy exigentes. El señor Gurdjieff aludía a las ideas algunas veces, pero nunca las exponía directamente. Nos daba tareas y ejercicios para acceder al verdadero Trabajo. A veces nos sacudía, nos hacía reaccionar de diferentes maneras. Poco a poco comenzamos a discernir nuestro camino y a esforzarnos por seguirlo, aunque nos sintiéramos todavía apenas al comienzo. Durante ese primer período seguía siendo incapaz de relacionarme con él, si bien sabía interiormente que me sería imposible continuar sin él.

¿Qué representaba él?, ¿quién era?, ¿qué significaba este ser, esta fuerza?

Recuerdo estar asediada incesantemente por esta profunda y dolorosa pregunta, mientras lo miraba y escuchaba: “¿qué hay pues, entre usted y yo?”

¿Cuánto tiempo mantuve esta pregunta? No puedo decido exactamente, tal vez dos años. No trataré de describir este período extraordinario. Comidas, lecturas, intercambios, clases de Movimientos y grupos nos reunían con bastante frecuencia en torno al señor Gurdjieff. Ése fue para mí el comienzo de experiencias interiores, a veces muy fuertes y maravillosas, a veces muy duras. Tengo la convicción de haber comenzado realmente a reconocer al señor Gurdjieff a partir del momento en que mis ojos comenzaron a abrirse: lo veía tal corno era a medida que yo me volvía capaz de verme. Cuando todos mis valores, todas mis bellas creencias y también, por cierto, mi personalidad exterior, comenzaron lenta y firmemente a transformarse, y otro mundo — aunque todavía fuera de mi alcance—comenzaba a aparecer ante mí, supe que él era la causa de ello. Supe igualmente que yo había venido a él sin nada y que debía agradecerle todo.

Al mismo tiempo, me era difícil creer que todo eso fuera verdadero, que las posibilidades que nos develaba fueran posibilidades reales y no ideas extraordinarias, vestidas con palabras destinadas a sorprendernos o a hacernos soñar.

Que estas posibilidades pudieran volverse realidad era el milagro con que me confrontaba. Estaba ante ese hecho y, a pesar de todas mis dudas, no podía negarlo. Comprendí entonces el sentido de ciertas palabras de tiempos remotos, ;  tan usadas y casi olvidadas: “El Verbo se hizo carne”. Comprendí  también el sentido de algunas otras palabras: “Y ahora, el Hombre se mantiene de pie ante Tu rostro”.

El señor Gurdjieff era ese hombre. No había ningún divorcio entre lo que enseñaba y lo que era, sus ideas y él formaban un todo.

Me queda algo por agregar. Es una pregunta para todos nosotros, y cada uno debe tratar de responderla por sí mismo: Debemos reconocer a un Maestro en nosotros mismos. Estamos solos ante eso, como lo estaremos ante la muerte. Tal vez digan ustedes: “¿cómo es eso posible? ¡el señor Gurdjieff está muerto!” Es cierto que ya no está “aquí”, y sin embargo es igualmente verdadero que podemos

reconocerlo.

Me dirijo a los que nunca lo conocieron. Desde que nos dejó, muchas personas lo han “reconocido” —y, día a día, otros lo reconocen — como Maestro. Las ideas que ha sembrado generosamente están allí, y él mismo que formaba un todo con ellas. Si reconocernos al señor Gurdjieff y a sus ideas, juntos pueden ejercer una acción sobre nosotros, como ya la han ejercido sobre otros.

Pero reconocer verdaderamente al señor Gurdjieff no es cosa fácil, y la pregunta debe quedar abierta. No podemos responderla más que con nuestro propio despertar y no olvidar jamás que él es la fuente de todo lo que nuestra experiencia interior puede tener de real.”

Henriette Lannes,  Dentro de la pregunta, Ganesha.

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Henriette Lannes

 

 

Ahora quiero decirles:

Ahora quiero decirles que si no profundizan la atención  no lograrán ni su meta interior no su meta exterior. Según le oí al señor Gurdjieff, en todo lo que hacemos tenemos que tener una meta interior y una meta exterior. Algo que hagamos en la vida sin una meta interior jamás sostendrá nuestro trabajo y las dos metas deben encontrarse y ayudarse mutuamente. Confío en que la gente  de los grupos tome esto con seriedad, trate de verdad establecer una relación de su trabajo ordinario con lo que intentan ser. Si lo logran, estoy segura de que una calidad muy diferente será posible.

Henriette Lannes,  Dentro de la pregunta, Ganesha.

El sufrimiento: Londres, 1976

Es muy difícil alcanzar el sufrimiento intencional. Primero debemos soltar los pequeños sufrimientos, como el de la envidia. Necesitamos un esfuerzo más inteligentes. Henriette Lannes,  Dentro de la pregunta, Ganesha.

Para que un hombre funciones correctamente:

Para que un hombre funciones correctamente hacia afuera debe pensar, y cuando haya tomado una decisión, ésta debe ser llevada a cabo por las partes pasivas. Pero constantemente rechazamos la aplicación del trabajo en la vida. El  negocio es un campo muy rico para el estudio: una mina de oro.

Henriette Lannes,  Dentro de la pregunta, Ganesha.

Trate de comprender:

Trate de comprender que para nosotros la preocupación emocional es sólo veneno. Estamos obligados a afrontarlo. Respete su trabajo lo suficiente para mantener eso. Es absolutamente necesario. De otro modo siempre encontraré algo para preocuparme. Poco a poco comprenderemos de donde viene y lo que es.

Henriette Lannes,  Dentro de la pregunta, Ganesha.

 

Cuál es nuestro verdadero oro?

Lo que ha recibido nuestra esencia. Una parte importante es esa búsqueda, nuestra necesidad de algo. Es pequeña, demasiado vaga. Pero está ahí. Si miramos, ciertas cosas nos ilumunarán. Practicamente en todos los hombres hay esa partícula de divinidad. Tratemos de confiar unos en otros en la dirección de la búsqueda. Henriette Lannes,  Dentro de la pregunta, Ganesha.

Separar:  Londres, 1977

Para separarnos del nivel asociativo hemos de ponernos en contacto con energía finas. La parte supeior de la cabeza está llena de esas energías finas;  allí, allí hay silencio; allí no hay palabra, no hay lucha.

Donde el sentimiento de mí mismo se conecto con las energías finas, estas se concentran. Esta energía sólo debe ser usada para mi mundo interior. El mundo exterior no la necesita.

Poco a poco, y es un largo proceso , me quedo con algunas de estas energías finas. Las guardo y trato de no desperdiciarlas. Entonces pueden cristalizarse y no mezclarse con energías gruesas. Es lento, se necesita pasciencia, es la única manera de acceder a un cambio en el centro de gravedad.

Henriette Lannes, Dentro de la pregunta, Ganesha.

 

Biografía: Henriette Lannes Fue discípula de Gurdjieff, es quien dejó Mme. De Salzmann como  organizadora de los grupos en Londres luego de la muerte de Gurdjieff. 12Mujer de Henri Tracoll. Sus libro son recopilación de los alumnos Desde la Pregunta y Siempre es Ahora, tambien existen manuales de Preguntas y respuestas de los grupos que organizó.

Nació 12 /Noviembre de 1899 y falleció en 1980.